Etiquetas

jueves, 10 de diciembre de 2020

22 al 41

 Volumen 01 22 (145) Traté de compadecerlo cuanto más pude y con todo el corazón le dije: “Oh Esposo Santo, evita los flagelos que tu Justicia tiene preparados, si la multiplicidad de las iniquidades de los hombres es grande, está el mar inmenso de tu sangre donde, puedes sepultarlas, y así tu Justicia quedará satisfecha. Si no tienes donde ir para deleitarte, ven en mí, te doy todo mi corazón, para que reposes, y te deleites con él, es verdad que también yo soy un lugar inmundo de vicios, pero Tú me puedes purificar y hacerme como Tú me quieres. Pero aplácate, si es necesario el sacrificio de mi vida, ah, de buena gana lo haré con tal de ver a tus mismas imágenes libradas”. Y el Señor interrumpiendo mi hablar continuó diciéndome: (146) “Precisamente esto es lo que quiero, si tú te ofreces a sufrir, no ya como hasta ahora, de vez en cuando, sino continuamente, cada día y por un corto tiempo, Yo libraré a los hombres. Mira como lo haré, te pondré entre mi Justicia y las iniquidades de las criaturas, y cuando mi Justicia se vea llena de las iniquidades, de modo que no pueda contenerlas y se vea obligada a mandar los flagelos para castigar a las criaturas, encontrándote tú en medio, en vez de golpearlos a ellos quedarás golpeada tú. Sólo de este modo podré contentarte en librar a los hombres, de otro modo, no”. (147) Yo quedé toda confundida, y no sabía qué decirle, mi naturaleza hacía su parte, se espantaba y temblaba, pero veía a mi buen Jesús que esperaba una respuesta, si aceptaba o no, entonces viéndome casi obligada a hablar le dije: “Oh Divinísimo Esposo mío, por parte mía estaría pronta a aceptar, pero cómo se arreglará por parte del confesor, si no quiere venir de vez en cuando, cómo será posible que quiera venir todos los días; libérame de esta cruz de necesitar al confesor para liberarme, y entonces todo quedará arreglado entre Tú y yo”. Entonces el Señor me dijo: (148) “Ve con el confesor y pídele la obediencia, si quiere le dirás todo lo que te he dicho y harás lo que él diga. Mira, no será solamente para bien de las criaturas por lo que quiero estos sufrimientos continuos, sino también para tu bien, en este estado de sufrimientos purificaré muy bien tu alma, de modo de disponerte a formar Conmigo un místico desposorio, y después de esto haré la última transformación, de modo que los dos seremos como dos velas que puestas en el fuego, una se transforma en la otra y se forma una sola, así transformaré a Mí en ti, y tú quedarás crucificada Conmigo. Ah, ¿no estarías contenta si pudieras decir: “El Esposo crucificado, pero también la esposa está crucificada? Ah sí, no hay ninguna cosa que me haga desemejante de Él”. (149) Entonces, cuando pude hablar con el confesor le dije todo lo que el Señor me había dicho, y como aquella palabra que el Señor me dijo: “Por un cierto tiempo”, sin decirme el tiempo preciso que debía estar continuamente sufriendo, yo la tomé como por cuarenta días, más o menos, pero ya han pasado cerca de doce años que continúo así, pero siempre sea bendito Dios, sean adorados siempre sus inescrutables juicios, yo creo que si el Señor bendito me hubiera hecho entender con claridad el tiempo que debía estar en cama, mi naturaleza se habría espantado mucho, y difícilmente se hubiera sometido, si bien recuerdo que he estado siempre resignada, pero entonces no conocía la preciosidad de la cruz como el Señor me la ha hecho conocer en el transcurso de estos doce años, ni el confesor hubiera accedido a darme la obediencia. Entonces así le dije al confesor, que por cuarenta días el Señor quería que me diera la obediencia de estar continuamente sufriendo, y también le dije lo demás. Con gran sorpresa mía, porque yo lo creía imposible, el confesor me dijo que si era verdaderamente Voluntad de Dios, él me daba la obediencia, que en realidad no era que él no pudiera venir, sino más bien un poco de respeto humano. Mi alma se alegró mucho porque podía contentar al Señor, y también librar a las criaturas, pero mi naturaleza se afligió mucho al recibir esta obediencia, tanto que por algunos días estuve muy afligida, también el alma la sentía pensativa porque debía estar tanto tiempo sin poder recibir a Jesús en el Sacramento, mi único consuelo; a veces sentía una guerra tan feroz en mí, que yo misma no sabía qué cosa me había sucedido, muchas cosas las agregaba el demonio, pero mi buen Jesús puso remedio a todo, y he aquí como sucedió. Libro de Cielo Volumen 01 23 Diferentes modos de hablar de Jesús. (150) Pero antes de continuar, por orden del confesor actual debo manifestar los varios modos con los cuales el Señor me ha hablado: A mí me parece que los modos con los que Dios me habla sean cuatro, pero estos cuatro modos de hablar de Jesús son muy diferentes de las inspiraciones. (151) 1.- El primer modo es cuando el alma sale fuera de sí. Pero antes quiero explicar lo mejor que pueda este salir fuera de mí misma. Esto sucede de dos modos: El primero es instantáneo, casi como relámpago, y es tan repentino que me parece que el cuerpo se eleva un poco de la cama, para seguir al alma, pero después queda en la cama y a mí me parece que el cuerpo queda muerto, y el alma en cambio sigue a Jesús caminando por todo el universo, la tierra, el aire, los mares, los montes, el purgatorio y el Cielo, donde muchas veces me ha hecho ver el lugar donde yo estaré después de muerta. (152) El otro modo de salir el alma es más tranquilo, parece que el cuerpo se adormece insensiblemente y queda como petrificado ante la presencia de Jesucristo, pero el alma permanece con el cuerpo, y éste no siente nada de las cosas externas, aunque se trastornara todo el universo, aunque me quemaran y me redujeran en pedazos. (153) Estos dos modos tan diferentes de salir fuera de mí misma, yo los he notado sensiblemente, porque en el primer modo, debiendo yo obedecer al confesor que venía a despertarme, lo he visto desde el lugar a donde me conducía Jesús; es decir, desde los confines de la tierra, o del aire, o de los montes, o del mar, o del purgatorio, o aun desde el mismo Paraíso, más bien me parecía que no tenía tiempo de poder volver para que el confesor encontrara mi alma en el cuerpo, y poder obedecer, y como me encontraba con el alma tan lejos, me ajetreaba toda, me angustiaba y me afligía pensando que no tendría tiempo de volver al cuerpo para que el confesor me encontrara, y por tanto no tener tiempo de obedecer, sin embargo debo confesar que siempre me he encontrado a tiempo, y me parecía que el alma entrase al cuerpo antes de que el confesor comenzase a darme la obediencia de despertar. (154) Es más, digo la verdad, muchas veces yo veía de lejos al confesor que venía, pero para no dejar a Jesús, parecía que no pensara en confesor que venía y entonces Jesús mismo me apresura a volver con el alma al cuerpo para poder obedecer al confesor, y entonces yo sentía una gran repugnancia, por dejar a Jesús, pero la obediencia vencía, y dejando a Jesús, Él mismo, o me besaba o me abrazaba o hacía otra cosa para despedirse de mí. Y yo dejando a mi amado Jesús le decía: “Voy con el confesor, pero Tú mi buen Jesús, vuelve pronto en cuanto el confesor se vaya”. (155) Estos son los dos modos con los cuales el alma parecía que saliese del cuerpo, y en estos dos modos de salir el alma, Dios me habla. Este modo de hablar, Él mismo lo llama hablar intelectual. Trataré de explicarlo: El alma salida del cuerpo y encontrándose delante a Jesús, no tiene necesidad de palabras para entender lo que el Señor le quiere decir, ni el alma tiene necesidad de hablar para hacerse entender, sino que todo es por medio del intelecto, ¡oh, qué bien nos entendemos cuando nos encontramos juntos! De una luz que de Jesús me viene a la inteligencia, siento imprimir en mí todo lo que mi Jesús quiere hacerme entender. Este modo es muy alto y sublime, tanto que la naturaleza difícilmente sabe explicarlo con palabras, apenas puede decir alguna idea, este modo en que Jesús se hace entender es rapidísimo, en un simple instante se aprenden muchas más cosas sublimes que leyendo libros enteros. ¡Oh, qué maestro ingeniosísimo es Jesús, que en un simple instante enseña muchas cosas, mientras que cualquier otro necesitaría años enteros, si es que lo logra, porque el maestro terreno no tiene potencia para poder atraer la voluntad del discípulo, ni de poderle infundir en la mente sin esfuerzos ni fatigas lo que le quiere enseñar, pero con Jesús no es así, tanta es su dulzura, la amabilidad de su trato, la suavidad de su hablar, y además es tan bello, que el alma apenas lo ve se siente tan atraída, que a veces es tanta la velocidad con la que corre al lado de Jesús, que casi sin advertirlo se encuentra transformada en el objeto amado, de modo que el alma no sabe Libro de Cielo Volumen 01 24 discernir más su ser terreno, tanto queda identificada con el Ser Divino. ¿Quién puede decir lo que el alma experimenta en este estado? Se necesitaría a Jesús mismo, o bien a un alma separada perfectamente del cuerpo, porque el alma encontrándose otra vez circundada por los muros de este cuerpo, y perdiendo esa luz que antes la tenía abismada, mucho pierde y queda oscurecida, de tal modo que si quisiera decir algo, lo diría burdamente. Para dar una idea digo que me imagino a un ciego de nacimiento, que nunca ha tenido el bien de ver lo que hay en el universo entero, y que por pocos minutos tuviese el bien de abrir los ojos a la luz, y pudiese ver todo lo que contiene el mundo: el sol, el cielo, el mar, las tantas ciudades, las tantas máquinas, las variedades de las flores y las tantas otras cosas que hay en el mundo, y después de aquellos pocos minutos de luz, volviera a la ceguera de antes. ¿Podría él decir claramente todo lo que ha visto? Solamente podría hacer un esbozo, decir alguna cosa confusamente. Esto es una semejanza de lo que sucede cuando el alma se encuentra separada, y después en el cuerpo, no sé si digo desatinos; así como a aquel pobre ciego le quedaría la pena de la pérdida de la vista, así el alma, vive gimiendo y casi en un estado violento, porque el alma se siente violentada siempre hacia el sumo Bien, es tanta la atracción que Jesús deja en el alma de Sí, que el alma quisiera estar siempre abstraída en su Dios, pero esto no puede ser, y por eso se vive como si se viviese en el purgatorio. Agrego que el alma no tiene nada de lo suyo en este estado, todo es operación que hace el Señor. (156) Ahora trataré de explicar el segundo modo que tiene Jesús para hablar, y es que el alma encontrándose fuera de sí misma ve la persona de Jesucristo, como por ejemplo de niño, o crucificado, o en cualquier otro aspecto, y el alma ve que el Señor con su boca pronuncia las palabras y el alma con su boca responde, a veces sucede que el alma se pone a conversar con Jesús como harían dos íntimos esposos. Si bien el hablar de Jesús es poquísimo, apenas cuatro o cinco palabras y a veces aun una sola, rarísimas veces se extiende más, pero en ese poquísimo hablar, ¡ah, cuánta luz pone en el alma! Me parece ver a primera vista un pequeño arroyo, pero viendo bien, en vez de un arroyo se ve un vastísimo mar, así es una sola palabra dicha por Jesús, es tanta la inmensidad de la luz que queda en el alma, que rumiándola muy bien descubre tantas cosas sublimes y provechosas a su alma, que queda asombrada. (157) Yo creo que si se juntaran todos los sabios, quedarían todos confundidos y mudos ante una sola palabra de Jesús. Ahora, este modo es más accesible a la naturaleza humana, y fácilmente se sabe manifestar, porque el alma entrando en sí misma se lleva consigo lo que ha oído decir de la boca de Nuestro Señor y lo comunica al cuerpo; no resulta tan fácil cuando es por medio del intelecto. Yo considero que Jesús tiene este modo de hablar para adaptarse a la naturaleza humana, no que tenga necesidad de la palabra para hacerse entender, sino porque de este modo el alma más fácilmente comprende y puede manifestarlo al confesor. En suma, Jesús hace como un maestro doctísimo, sabio, inteligente, que posee en grado eminentísimo todas las ciencias y que nadie puede igualarlo, pero como se encuentra entre discípulos que no han aprendido aún las primeras letras del alfabeto, reteniendo todos los otros conocimientos en sí, enseña a los discípulos sólo el a, b, c, etc. ¡Oh, cómo es bueno Jesús!, se adapta a los doctos y les habla de modo altísimo, de modo que para entenderlo deben estudiar muy bien lo que les dice, se adapta a los ignorantes y se finge también Él ignorante, y habla en modo bajo, de manera que nadie puede quedar en ayunas de las lecciones de este Divino Maestro. (158) El tercer modo con el que Jesús me habla es cuando hablando participa al alma su misma sustancia. A mí me parece como cuando el Señor creó el mundo, con una sola palabra fueron creadas las cosas, así, siendo su palabra creadora, en el acto mismo en que dice la palabra, crea en el alma aquella misma cosa que dice, como por ejemplo, Jesús dice al alma: “Mira como son bellas las cosas, por cuanto tus ojos puedan recorrer la tierra o el cielo, jamás encontrarán belleza similar a Mí”. En este hablar de Jesús, el alma siente entrar en ella un algo divino y queda muy atraída hacia esta belleza, y al mismo tiempo pierde el atractivo de todas las otras cosas, por cuán bellas y preciosas fueran no le causan ninguna impresión, lo que le queda fijo y casi transmutado en sí es la belleza de Jesús, en Libro de Cielo Volumen 01 25 eso piensa, de esa belleza se siente investida, y queda tan enamorada, que si  el Señor no obrara otro milagro se le rompería el corazón, y de puro amor por esta belleza de Jesús expiraría el alma para volar al Cielo a gozar de esta belleza de Jesús. Yo misma no sé si digo desatinos. (159) Para explicar mejor este hablar sustancial de Jesús digo otra cosa, Jesús dice: “Mira cuán puro soy, también en ti quiero pureza en todo”. En estas palabras el alma siente entrar en sí una pureza divina, esta pureza se trasmuta en ella misma y llega a vivir como si no tuviera más cuerpo, y así de las otras virtudes. ¡Oh, cómo es deseable este hablar de Jesús! Yo daría todo lo que está sobre la tierra, si fuera la dueña de todo, con tal de tener una sola de estas palabras de Jesús. (160) El cuarto modo en que Jesús me habla es cuando me encuentro en mí misma, esto es en el estado natural, y este hablar es también de dos modos: El primero es cuando encontrándome en mí misma, recogida, en el interior del corazón, sin articulación de voz o sonidos al oído del cuerpo, Jesús internamente habla. El segundo es como hacemos nosotros, y esto sucede a veces estando aun distraída o bien hablando con otras personas. Pero una sola de estas palabras basta para recogerme si estoy distraída, o para darme la paz si estoy turbada, para consolarme si estoy afligida. Nuevas reglas de vida. Jesús le indica el nuevo sistema de vida. (161) Ahora continúo narrando desde donde me quedé, y he aquí como puso remedio: (162) En la mañana fui a comulgar, y en cuanto recibí a Jesús, súbito le dije: “Señor mío, mira en qué tempestad me encuentro, debería agradecerte porque le has dado luz al confesor para darme la obediencia de sufrir, en cambio mi naturaleza lo siente tanto, que yo misma quedo confundida al verme tan mala. Pero todo esto es nada, porque Tú que quieres el sacrificio me darás también la fuerza. Pero la razón de más peso en mí es tener que estar tanto tiempo sin poderte recibir en el Sacramento, ¿quién podrá resistir sin Ti? ¿Quién me dará la fuerza? ¿Dónde podré encontrar un consuelo en mis aflicciones?” Y mientras esto decía, sentía tales penas en el corazón por esta separación de Jesús Sacramentado, que lloraba copiosamente. Entonces el Señor compadeciendo mi debilidad me dijo: (163) “No temas, Yo mismo sostendré tu debilidad, tú no sabes qué gracias te he preparado, por eso temes tanto. ¿No soy Yo Omnipotente? ¿No podré Yo suplir a la privación de que me recibas en el Sacramento? Por eso resígnate, ponte como muerta en mis brazos, ofrécete víctima voluntaria para repararme las ofensas, por los pecadores y para evitarles a los hombres los merecidos flagelos. Y Yo te doy en prenda mi palabra de no dejar ni siquiera un solo día sin venirte a visitar. Hasta ahora tú has venido a Mí, de ahora en adelante vendré Yo a ti. ¿No estás contenta?” (164) Así me resigné a la Santa Voluntad de Dios, y fui sorprendida por este estado de sufrimientos. ¿Quién puede decir las gracias que el Señor empezó a darme? Es imposible poder decirlo todo detalladamente, podré decir alguna cosa confusamente, pero por cuanto pueda y para cumplir la santa obediencia que así lo quiere, me esforzaré en decir por cuanto me sea posible. (165) Recuerdo que desde el principio de este estar continuamente en la cama, mi amante Jesús muy frecuentemente se hacía ver, lo que no había hecho en el pasado. Desde el principio me dijo que quería que llevara un nuevo sistema de vida para disponerme a aquel místico desposorio que me había prometido, me decía: (166) “Amada de mi corazón, te he puesto en este estado a fin de poder venir más libremente y conversar contigo, mira, te he liberado de todas las ocupaciones externas a fin de que no sólo el alma, sino también el cuerpo esté a mi disposición, y así tú puedas estar en continuo holocausto ante Mí. Si no te hubiese puesto en esta cama, debiendo tú desempeñar los deberes de familia y sujetarte a otros sacrificios, no podría Yo venir tan frecuentemente y hacerte partícipe de las ofensas conforme las recibo, a lo más debería Libro de Cielo Volumen 01 26 esperar a que cumplieras tus deberes, pero ahora no, ahora hemos quedado libres, no hay ya nadie que nos moleste y que interrumpa nuestra conversación, de ahora en adelante mis aflicciones serán tuyas, y las tuyas, mías; mis sufrimientos tuyos, y los tuyos míos; mis consolaciones tuyas, y las tuyas mías; uniremos todas las cosas juntas y tú tomarás interés de mis cosas como si fuesen tuyas, y así haré Yo de las tuyas. No habrá más entre nosotros dos, esto es mío y esto es tuyo, sino que todo será común por ambas partes. (167) ¿Sabes cómo he hecho contigo? Como un rey cuando quiere hablar con su esposa reina, y ésta se encuentra con sus damas en otras ocupaciones. El rey, ¿qué hace? La toma y la lleva dentro de su habitación, cierra las puertas para que ninguno pueda entrar a interrumpir su conversación y oír sus secretos, y así estando solos se comunican recíprocamente sus aflicciones y sus consuelos. Ahora, si algún imprudente fuera a tocar la puerta, a gritar tras ella y no los dejara gozar en paz su conversación, ¿el rey no lo tomaría a mal? Así he hecho Yo contigo, y si alguien te quisiera distraer de este estado, también me disgustaría”. (168) Y continuó diciéndome: “Quiero de ti perfecta conformidad a mi Voluntad, de tal modo de deshacer tu voluntad en la mía, desapego absoluto de toda cosa, tanto que todo lo que es tierra quiero que sea tenido por ti como estiércol y podredumbre que da horror al sólo mirarlo, y esto porque las cosas terrenas, aunque no se tuviera apego a ellas, sólo con tenerlas en torno y mirarlas ensombrecen las cosas celestiales e impiden realizar ese místico desposorio que te he prometido. Además quiero que así como Yo fui pobre, también me imites en la pobreza, debes considerarte en esta cama como una pobrecita, los pobres se contentan con lo que tienen, y me agradecen primero a Mí, y luego a sus benefactores. Así tú conténtate con lo que te es dado, sin pedir ni esto ni aquello, porque podría ser un estorbo en tu mente y con santa indiferencia, sin pensar si eso te haría bien o mal sométete a la voluntad de los demás”. (169) Esto me costó mucho al principio, especialmente por las obediencias que me daba el confesor, no sé por qué, pero quería que tomara quinina, y tenía impuesta la obediencia de que cada vez que volviera el estómago otras tantas debía volver a tomar alimento. Ahora, la quinina me estimulaba el apetito y a veces sentía mucha hambre, tomaba el alimento y en cuanto lo tomaba, y a veces en el momento mismo de tomarlo, por los continuos conatos de vómito estaba obligada a devolverlo, y permanecía con la misma hambre de antes. La palabra “pobre” que Jesús me había dicho no me dejaba atreverme a pedir nada, y yo misma tenía vergüenza de pedir; pensaba entre mí: “¿Qué dirá la familia, ha vuelto el estómago y quiere comer? Si me dan alguna cosa la tomo, si no, el Señor se ocupará”. Así me la pasaba contenta de poder ofrecer alguna cosa a mi amado Jesús. Esto no duró mucho tiempo, sino aproximadamente cuatro meses. Un día el Señor me dijo: (170) “Pide al confesor que te dé la obediencia de no tomar quinina y de no hacerte tomar el alimento tantas veces, que Yo le daré luz”. (171) Después vino el confesor y se lo dije, y él me dijo: “Para no mostrar singularidades, de ahora en adelante quiero que tomes el alimento una sola vez al día, y suspendió también la quinina”. Así quedé más tranquila y se me pasó el hambre, pero el vómito no cesó, esa única vez que tomaba el alimento era obligada a devolverlo, el Señor a veces me decía que pidiera la obediencia de no comer, pero el confesor no me ha dado jamás esta obediencia, me decía: “No importa que vomites, es otra mortificación”. (172) Yo entonces se lo decía al Señor y Él me decía: “Quiero que hagas la petición, pero con santa indiferencia, quiero que estés a lo que te dice la obediencia”. (173) Y así continué haciéndolo. Cuando hubieron pasado cerca de cuarenta días, que yo consideraba por las palabras que me había dicho el Señor (por un cierto tiempo) y que yo así había dicho al confesor, los sufrimientos continuaban sorprendiéndome diariamente y él se veía obligado a venir todos los días, entonces el confesor empezó a darme la obediencia de no deber estar más en aquel estado, y agregaba que si caía en los sufrimientos, él no vendría. Por mi parte me sentía dispuesta a obedecer, especialmente mi naturaleza quería liberarse de aquel estar continuamente en la cama, que por cuán bello fuera, era siempre cama, aquél tener que sujetarse a todos, aun en las cosas más Libro de Cielo Volumen 01 27 repugnantes y necesarias a la naturaleza, y estar obligada a decirlas a los demás es un verdadero sacrificio. Por eso la naturaleza hizo su oficio, toda se consoló al sentirse dar esta obediencia, mi alma estaba dispuesta a obedecer o a permanecer en cama si el Señor así lo quería, porque había empezado a experimentar cuán bueno había sido el Señor conmigo y que la verdadera resignación sabe cambiar la naturaleza a las cosas y lo amargo lo convierte en dulce. (174) Cuando me dio la obediencia de no tener que estar más en la cama, yo comencé a resistir y decía al Señor: “¿Qué quieres de mí? No puedo más, porque la obediencia no quiere, pero si Tú quieres dale luz al confesor entonces yo estoy dispuesta a hacer lo que quieres”. Y pasé toda una noche discutiendo con el Señor; cuando venía le decía: “Mi amado Jesús, ten paciencia, no vengas, porque la obediencia no permite que me hagas participar en tus sufrimientos”. Hasta en la mañana yo vencí, me sentía en mí misma y libre de sufrimientos, cuando en un instante vino el Señor y me atrajo de tal manera a Él que no pude resistirle, perdí los sentidos, y me encontré junto con Él, pero tan estrechada que por cuanta oposición hacía, no pude separarme de Jesús. Estando con Jesús yo me sentía toda aniquilada, y tenía una cierta vergüenza por las tantas oposiciones que le había hecho durante la noche, y le dije: “Esposo Santo perdóname, es el confesor que así lo quiere”. Y Él me dijo: (175) “No temas, cuando es la obediencia Yo no me ofendo”. Y continuó: “Ven, ven a Mí, hoy es año nuevo, quiero darte tu regalo”. (176) (Justo aquella mañana era el primer día del año). Entonces acercó sus purísimos labios a los míos y vertió una leche dulcísima, me besó, y tomó un anillo de dentro de su costado, y me dijo: (177) “Hoy quiero hacerte ver el anillo que te he preparado para cuando te despose”. Después me dijo: “Dile al confesor que es Voluntad mía que continúes estando en la cama, y como señal de que soy Yo dile que hay guerra entre Italia y África, y que si él te da la obediencia de hacerte continuar sufriendo no dejaré hacer nada a ambas partes, se pondrán en paz”. (178) En el mismo instante de decir estas palabras, me sentí circundada por sufrimientos como por un vestido, y por mí misma no pude liberarme, pensaba entre mí: “¿Qué dirá el confesor?” Pero no estaba más en mi poder. Aquella leche que Jesús vertió en mí me producía tal amor hacia Él, que me sentía languidecer, y sentía tanta saciedad y dulzura, que después de que vino el confesor y me hizo volver de aquel estado, y la familia me llevó alimento, me sentía tan satisfecha que el alimento no bajaba, pero para cumplir la obediencia que así quería, tomé un poco, pero pronto fui obligada a devolverlo, mezclado con aquella leche dulce que me había dado Jesús. y Él como bromeando me dijo: (179) “¿No te bastó lo que te he dado? ¿No estás contenta aún?” Yo me ruborice toda, pero rápido le dije: “¿Qué quieres de mí? Es la obediencia”. Cuando vino el confesor se empezó a intranquilizar y a decirme que era desobediente, o bien me decía: “Es una enfermedad. Si fuera cosa de Dios te habría hecho obedecer, por eso en vez de llamar al confesor debes llamar a los médicos”. Cuando él terminó de hablar, yo le dije todo lo que me había dicho el Señor, como he dicho arriba, y él me dijo que era verdad que había guerra entre África e Italia, y dijo: Veremos si no pasa nada”. Y así quedó persuadido de hacerme continuar sufriendo. (180) Después de cerca de cuatro meses, un día vino el confesor y me dijo que habían llegado noticias de que la guerra que había entre África e Italia, sin hacerse ningún daño entre ellas, había terminado, firmando la paz. Así el confesor quedó más persuadido y me dejó quedar en paz (181) Entonces mi dulce Jesús no hacía otra cosa que disponerme a aquel místico desposorio que me había prometido, se hacía ver estando yo en ese estado, a veces tres o cuatro veces al día, según le placía, y a veces era un continuo ir y venir, me parecía un enamorado que no sabe estar sin su esposa, así hacía Jesús conmigo, y a veces llegaba a decírmelo: Libro de Cielo Volumen 01 28 (182) “Mira, te amo tanto que no sé estar si no vengo, me siento casi inquieto pensando que tú estás sufriendo por Mí y que estás sola, por eso he venido para ver si tienes necesidad de alguna cosa”. (183) Y mientras así decía, Él mismo me levantaba la cabeza, ponía su brazo detrás de mi cuello y me abrazaba, y mientras así me tenía, me besaba, y si era tiempo de verano y hacía calor, de su boca mandaba un aliento refrescante, o bien tomaba alguna cosa en su mano y me abanicaba y después me preguntaba: (184) “¿Cómo te sientes? ¿No te sientes mejor?”. (185) Yo le decía: “En cualquier modo que se está Contigo se está siempre bien”. Otras veces venía, y si me veía muy débil por el continuo estar en aquellos sufrimientos, especialmente si el confesor venía en la noche, mi amante Jesús venía, y viéndome en aquel estado de extrema debilidad, tanto que a veces me sentía morir, se acercaba a mí y de su boca vertía en la mía aquella leche, o bien me hacía ponerme a su costado y yo chupaba torrentes de dulzuras, de delicias y de fortaleza, y Él me decía: (186) “Quiero ser propiamente Yo tu todo, y también tu alimento del alma y del cuerpo”. (187) ¿Quién puede decir lo que yo experimentaba, tanto en el alma como en el cuerpo, por estas gracias que Jesús me hacía? Si yo lo quisiera decir me extendería demasiado. Recuerdo que a veces cuando no venía pronto, me lamentaba con Él diciéndole: “Ah, Esposo Santo, como me has hecho esperar, tanto que no podía resistir más, me sentía morir sin Ti”. Y mientras así decía, era tanta la pena que sentía que lloraba, y Él toda me compadecía, me enjugaba las lágrimas, me besaba, me abrazaba y decía: (188) “No quiero que llores. Mira, ahora estoy contigo, dime qué quieres”. (189) Yo le decía: “No quiero otra cosa que a Ti, y sólo dejaré de llorar cuando me prometas que no me harás esperar tanto”. (190) Y Él me decía: “Sí, sí, te contentaré”. (191) Un día, mientras estábamos en esto y era tanta la pena que yo sentía que no podía dejar de llorar, mi buen Jesús me dijo: (192) “Quiero contentarte en todo, me siento tan atraído hacia ti que no puedo hacer menos que hacer lo que tú quieres. Si hasta ahora te he quitado la vida exterior y me he manifestado a ti, ahora quiero atraer tu alma hacia Mí, a fin de que dondequiera que Yo vaya puedas venir junto Conmigo, así podrás gozarme más y estrecharte más íntimamente a Mí, lo que no has hecho en el pasado”. (193) Una mañana, no recuerdo muy bien, creo que habían pasado cerca de tres meses desde que empecé a estar continuamente en la cama, mientras estaba en mi acostumbrado estado, vino mi dulce Jesús con un aspecto todo amable, como un joven, como de dieciocho años. ¡Oh cómo era bello!, con su cabellera dorada y toda rizada, parecía que encadenaba los pensamientos, los afectos, el corazón. Su frente serena y amplia, donde se miraba como dentro de un cristal el interior de su mente, y se descubría su infinita sabiduría, su paz imperturbable. ¡Oh cómo me sentía tranquilizar mi mente, mi corazón, es más, mis mismas pasiones ante Jesús caían por tierra y no se atrevían a darme la mínima molestia. Yo creo, no sé si me equivoco, que no se puede ver a este Jesús tan bello si no se está en la calma más profunda, tanto que el mínimo asomo de intranquilidad impide tener una vista tan bella. ¡Ah sí! al solo ver la serenidad de su frente adorable, es tanta la infusión de paz que se recibe en el interior, que creo que no hay desastre, guerra más feroz que ante Jesús no se calme. Oh mi todo y bello Jesús, si por pocos momentos que te manifiestas en esta vida comunicas tanta paz, de modo que se pueden sufrir los más dolorosos martirios, las penas más humillantes con la más perfecta tranquilidad, me parece una mezcla de paz y de dolor, ¿qué será en el Paraíso? Oh, cómo son bellos sus ojos purísimos, centellantes de luz; no es como la luz del sol que queriendo mirarla daña nuestra vista, no, en Jesús mientras es luz, se puede muy bien fijar la mirada, y con sólo mirar el interior de su pupila, de un color celeste oscuro, oh, cuántas cosas me decía. Es tanta la belleza de sus ojos, que una sola mirada suya basta para hacerme salir fuera de mí misma, y hacerme correr tras Él por caminos y por montes, por la tierra y por el Libro de Cielo Volumen 01 29 cielo, basta una sola mirada para transformarme en Él y sentir descender en mí algo de Divino. ¿Quién puede decir además la belleza de su rostro adorable? Su tez blanca parecida a la nieve teñida de un color de rosas, de las más bellas; en sus mejillas sonrosadas se descubre la grandeza de su persona, con un aspecto majestuosísimo y todo Divino, que infunde temor y reverencia, y al mismo tiempo da tanta confianza, que en cuanto a mí jamás he encontrado persona alguna que me dé al menos una sombra de la confianza que da mi amado Jesús, ni en mis papás, ni en los confesores, ni en mis hermanas. Ah sí, ese rostro santo, mientras es tan majestuoso, al mismo tiempo es tan amable, y esa amabilidad atrae tanto, de modo que el alma no tiene la mínima duda de ser acogida por Jesús, por cuán fea y pecadora se vea. Bella es también su nariz afilada, proporcionada a su sacratísimo rostro. Graciosa es su boca, pequeña, pero extremadamente bella, sus labios finísimos de un color escarlata, mientras habla contiene tanta gracia que es imposible poderlo describir. Es dulce la voz de mi Jesús, es suave, es armoniosa, mientras habla sale de su boca un perfume tal, que parece que no se encuentra sobre la tierra, es penetrante, en modo que penetra todo, se siente descender por el oído al corazón, y oh, cuántos afectos produce, ¿pero quién puede decirlo todo? Además es tan agradable que creo que no se pueden encontrar otros placeres como los que se pueden encontrar en una sola palabra de Jesús. La voz de mi Jesús es potentísima, es obrante, y en el mismo acto que habla obra lo que dice. Ah sí, es bella su boca, pero muestra más su hermosa gracia en el acto de hablar, entonces se ven sus dientes tan nítidos y bien alineados, y exhala su aliento de amor que incendia, saetea, consume el corazón. Bellas son sus manos, suaves, blancas, delicadísimas, con sus dedos proporcionados, y los mueve con una maestría tal, que es un encanto. ¡Oh, cómo eres bello, todo bello, oh mi dulce Jesús! Lo que he dicho de tu belleza es nada, es más, me parece que he dicho muchos desatinos, ¿pero qué quieres de mí? Perdóname, es la obediencia que así lo quiere, por mí no me hubiera atrevido a decir ni una palabra, conociendo mi incapacidad. (194) Ahora, mientras veía a Jesús con el aspecto ya descrito, de su boca me envió un aliento que me investía toda el alma, y me parecía que Jesús me atraía con ese aliento tras Él y comencé a sentir que el alma salía del cuerpo, me la sentía realmente salir de todas partes, de la cabeza, de las manos y hasta de los pies, siendo ésta la primera vez que me sucedía, dentro de mí comencé a decir: “Ahora muero, el Señor ha venido a llevarme”. Cuando me vi fuera del cuerpo, el alma tenía la misma sensación del cuerpo, con esta diferencia, que el cuerpo contiene carne, nervios y huesos, el alma no, es un cuerpo de luz, por tanto sentí un temor, pero Jesús continuaba enviándome ese aliento y me dijo: (195) “Si tanto te da pena el estar privada de Mí, ahora ven junto Conmigo porque quiero consolarte”. (196) Y Jesús tomó su vuelo y yo tomé el mío junto, a Él, giramos por toda la bóveda del cielo. ¡Oh! Cómo era bello pasear junto con Jesús, ahora apoyaba la cabeza sobre su hombro y con un brazo detrás de su espalda y con la otra mano en su mano, ahora se apoyaba Jesús en mí, cuando llegábamos a ciertos lugares donde la iniquidad más abundaba, ¡oh, cuánto sufría mi buen Jesús!, yo veía con más claridad los sufrimientos de su corazón adorable, lo veía casi desfallecer, y le decía: “Apóyate en mí y hazme partícipe de tus penas, pues no resiste mi alma el verte sufrir solo”. Y Jesús me decía: (197) “Amada mía, ayúdame que no puedo más”. (198) Y mientras así decía acercaba sus labios a los míos y vertía una amargura tal, que sentía penas mortales cuando entraba en mí ese licor tan amarguísimo; sentía entrar como tantos cuchillos, puntas, saetas que me traspasaban de lado a lado, en suma, en todos mis miembros se formaba un dolor atroz y volviendo el alma al cuerpo le participaba estos sufrimientos al cuerpo, ¿quién puede decir las penas? Sólo Jesús mismo que era testigo, porque los demás no podían mitigar mis penas estando en aquel estado de pérdida de los sentidos, y se esperaba cuando estaba presente el confesor, porque también con la obediencia se mitigaban. Por tanto sólo Jesús me podía ayudar cuando veía que mi naturaleza no podía más y que llegaba propiamente a los extremos y no me quedaba más que dar el último respiro. ¡Oh, cuántas veces la muerte se ha burlado de mí, pero vendrá Libro de Cielo Volumen 01 30 un día en que yo me burlaré de ella! Entonces venía Jesús, me tomaba entre sus brazos, me acercaba a su corazón, y oh, como me sentía regresar la vida, después, de sus labios vertía un licor dulcísimo, y así se mitigaban las penas. Otras veces, mientras me llevaba junto con Él girando, si eran pecados de blasfemias, contra la caridad y otros, vertía ese amargo venenoso; si eran pecados de deshonestidad, vertía una cosa de podredumbre apestosa, y cuando volvía en mí misma sentía tan bien aquella peste, y era tanto el hedor que me revolvía el estómago y me sentía desfallecer, y a veces tomando el alimento, cuando lo devolvía, sentía que salía de mi boca aquella podredumbre mezclada con el alimento. Alguna vez me llevaba a las iglesias, y también ahí mi buen Jesús era ofendido. Oh, como llegaban mal a su corazón aquellas obras, santas, sí, pero descuidadamente hechas, aquellas oraciones vacías de espíritu interior, aquella piedad fingida, aparente, parecía que más bien insultaban a Jesús en vez de darle honor. ¡Ah! Sí, aquel corazón santo, puro, recto, no podía recibir esas obras tan mal hechas. ¡Oh! cuántas veces se lamentaba diciendo: (199) “Hija, también la gente que se dice devota, mira cuántas ofensas me hacen, aun en los lugares más santos, al recibir los mismos Sacramentos, en vez de salir purificados salen más enfangados”. (200) ¡Ah! Sí, cuánta pena daba a Jesús ver gente que comulgaba sacrílegamente, sacerdotes que celebraban el Santo Sacrificio de la misa en pecado mortal, por costumbre, y algunos, da horror decirlo, por fines de interés. ¡Oh! Cuántas veces mi Jesús me ha hecho ver estas escenas tan dolorosas. Cuántas veces mientras el sacerdote celebraba el Sacrosanto Misterio, Jesús es obligado a bajar, porque era llamado por la potestad sacerdotal, a las manos del sacerdote, se veían aquellas manos que goteaban podredumbre, sangre, o bien estaban sucias de fango. ¡Oh! Cómo daba compasión el estado de Jesús, tan santo, tan puro, en aquellas manos que daban horror el sólo mirarlas, parecía que Jesús quería huir de aquellas manos, pero era obligado a permanecer hasta que se consumían las especies del pan y del vino. A veces, mientras permanecía ahí, con el sacerdote, al mismo tiempo se venía apresuradamente a mí y se lamentaba, y antes de que yo se lo dijera, Él mismo me decía: (201) “Hija, déjame derramar en ti, porque no puedo más, ten compasión de mi estado que es demasiado doloroso, ten paciencia, suframos juntos”. (202) Y mientras esto decía derramaba de su boca en la mía, ¿pero quién puede decir lo que derramaba? Parecía un veneno amargo, una podredumbre hedionda, mezclada con un alimento tan duro, repugnante y nauseante, que a veces no podía yo tragar, ¿quién puede decir los sufrimientos que me producía este derramar de Jesús? Si Él mismo no me hubiese sostenido, ciertamente habría muerto víctima de ello; sin embargo sólo derramaba en mí la mínima parte, ¿qué será de Jesús que contiene tanto y tanto? ¡Oh, como es feo el pecado! ¡Ah! Señor, hazlo conocer a todos, a fin de que todos huyan de este monstruo tan horrible; pero mientras veía estas escenas tan dolorosas, otras veces me hacía ver también escenas tan consoladoras y bellas, que raptaban, y éstas eran ver a buenos y santos sacerdotes que celebraban los Sacrosantos Misterios. ¡Oh Dios, como es alto, grande, sublime su ministerio! Cómo era bello ver al sacerdote que celebraba la misa y a Jesús transformado en él, parecía que no el sacerdote, sino que Jesús mismo celebraba el Divino Sacrificio, y a veces hacía desaparecer del todo al sacerdote y Jesús solo celebraba la misa y yo la escuchaba, ¡oh, cómo era conmovedor ver a Jesús recitar aquellas oraciones, hacer todas aquellas ceremonias y movimientos que hace el sacerdote! ¿Quién puede decir cuán consolador me resultaba ver estas misas junto con Jesús? ¡Cuántas gracias recibía, cuántas luces, cuántas cosas comprendía! Pero como son cosas pasadas y no las recuerdo claramente, por eso las paso en silencio. (203) Pero mientras esto decía, Jesús se ha movido en mi interior, me ha llamado, y no quiere que deje esto en silencio. ¡Ah, Señor, cuánta paciencia se necesita Contigo! Pues bien, te contentaré. ¡Oh! Dulce amor, diré alguna pequeña cosa, pero dame tu gracia para poder manifestarlo, porque por mí no me atrevería a poner ni una palabra sobre misterios tan profundos y sublimes.Volumen 01 31 La Santa Misa. Qué cosa es la Misa. (204) Ahora, mientras veía a Jesús o al sacerdote que celebraba el Divino Sacrificio, Jesús me hacía entender que en la misa está todo el fundamento de nuestra sacrosanta religión. ¡Ah! Sí, la misa nos dice todo y nos habla de todo. La misa nos recuerda nuestra Redención, nos habla detalladamente de las penas que Jesús sufrió por nosotros, nos manifiesta también su Amor inmenso que no estuvo contento con morir sobre la cruz, sino que quiso continuar el estado de víctima en la Santísima Eucaristía. La misa nos dice también que nuestros cuerpos deshechos, reducidos a cenizas por la muerte, resurgirán en el día del juicio junto con Cristo a vida inmortal y gloriosa. Jesús me hacía comprender que la cosa más consoladora para un cristiano y los misterios más altos y sublimes de nuestra santa religión son: Jesús en el Sacramento y la resurrección de nuestros cuerpos a la gloria. Son misterios profundos que los comprenderemos sólo más allá de las estrellas. Pero Jesús en el Sacramento nos lo hace casi tocar con la mano en varios modos: En primer lugar su Resurrección, en segundo su estado de aniquilamiento bajo de aquellas especies, pero también es cierto que está en ellas vivo y verdadero, pero consumidas esas especies su real presencia no existe más; después, consagradas las especies de nuevo, Jesús adquiere nuevamente su estado Sacramental. Así, Jesús en el Sacramento nos recuerda la resurrección de nuestros cuerpos a la gloria, y así como Jesús, cesando su estado Sacramentado reside en el seno de Dios, su Padre, así nosotros, cesando nuestra vida, nuestras almas van a hacer su morada en el Cielo, en el seno de Dios, y nuestros cuerpos quedan consumidos, así que se puede decir que no existen más, pero después con un prodigio de la Omnipotencia de Dios, nuestros cuerpos adquirirán nueva vida, y uniéndose con el alma irán juntos a gozar la bienaventuranza eterna. ¿Se puede dar cosa más consoladora para el corazón humano, que no sólo el alma, sino también el cuerpo debe complacerse en los eternos contentos? A mí me parece que en aquel gran día sucederá como cuando el cielo está estrellado y sale el sol, ¿qué sucede? El sol, con su inmensa luz absorbe las estrellas y las hace desaparecer, pero las estrellas existen. El sol es Dios y todas las almas bienaventuradas son estrellas, Dios con su inmensa luz nos absorberá a todos en Sí, de modo que existiremos en Dios y nadaremos en el mar inmenso de Dios. ¡Oh, cuántas cosas nos dice Jesús en el Sacramento! ¿Pero quién puede decirlas todas? Ciertamente me extendería demasiado, si el Señor lo permite reservaré para otra ocasión decir alguna otra cosa. Desposorio. El desposorio con Jesús. (205) Ahora, en estas salidas del cuerpo que el Señor me hacía hacer, a veces me renovaba la promesa del desposorio ya dicho. ¿Quién puede decir los encendidos deseos que el Señor infundía en mí de que se efectuara este místico desposorio? Muchas veces le rogaba diciéndole: “Esposo dulcísimo, hazlo pronto, no retrases más mi íntima unión Contigo, ah, estrechémonos con vínculos más fuertes de amor, de modo que nadie nos pueda separar ni por pocos instantes”. Y Jesús ahora me corregía de una cosa, ahora de otra. Recuerdo que un día me dijo: (206) “Todo lo que es terreno, todo, todo debes quitar, no sólo de tu corazón sino también de tu cuerpo, tú no puedes entender cuan dañino es y qué impedimentos son a mi Amor aun las mínimas sombras terrenas”. (207) Yo enseguida le dije: “Si tengo alguna otra cosa que quitar, dímelo, porque estoy dispuesta a hacerlo”. Pero mientras esto decía, yo misma advertí que tenía un anillo de oro en el dedo que representaba la imagen del Crucificado, e inmediatamente le dije: “Esposo santo, ¿quieres que me lo quite?” Y Él me dijo: Libro de Cielo Volumen 01 32 (208) “Debiéndote dar Yo un anillo más precioso, más bello, y en el que a lo vivo estará impresa mi imagen, tanto que cada vez que lo veas nuevas flechas de amor recibirá tu corazón, por eso este anillo no es necesario”. (209) Y yo prontamente me lo quité. Finalmente llegó el suspirado día, después de no poco sufrir. Recuerdo que faltaba poco para cumplir el año de estar continuamente en la cama, era día de la Pureza de María Santísima. La noche precedente de ese día, mi amante Jesús se hizo ver en actitud festiva, se acercó a mí y tomó mi corazón entre sus manos y lo miró y miró, lo desempolvó y después me lo restituyó de nuevo. Después tomó una vestidura de inmensa belleza, me parecía que el fondo era como de oro veteado de varios colores y me vistió con ella, después tomó dos gemas como si fueran aretes y los puso en mis orejas, luego me adornó el cuello y los brazos y me ciñó la frente con una corona de inmenso valor, adornada de piedras y gemas preciosas, toda resplandeciente de luz, y me parecía que esas luces eran tantas voces que resonaban entre ellas y a claras notas hablaban de la belleza, potencia, fuerza y de todas las otras virtudes de mi esposo Jesús. ¿Quién puede decir lo que comprendí y en qué mar de consuelo nadaba mi alma? Es imposible poderlo decir. Ahora, mientras Jesús me ciñó la frente me dijo: (210) “Esposa dulcísima, esta corona te la pongo a fin de que nada falte para hacerte digna de ser mi esposa, pero después de que se realice nuestro desposorio me la llevaré al Cielo para reservártela para el momento de la muerte”. (211) Finalmente tomó un velo y con él me cubrió toda, desde la cabeza hasta los pies y así me dejó. ¡Ah! Me parecía que en ese velo hubiera un gran significado, porque los demonios al verme cubierta con él quedaban tan espantados y sentían tal miedo de mí, que huían aterrados. Los mismos ángeles estaban a mi alrededor con tal veneración que yo misma quedaba confundida y toda llena de vergüenza. (212) La mañana de dicho día, Jesús se hizo ver de nuevo todo afable, dulce y majestuoso, junto con su Madre Santísima y Santa Catalina. Primero los ángeles cantaron un himno, Santa Catalina me asistía, la Mamá me tomó la mano y Jesús puso en mi dedo el anillo, después nos abrazamos y me besó, y así hizo también la Mamá. Después tuvimos un coloquio todo de amor, Jesús me hablaba del gran amor que me tenía, y yo le decía a Él también del amor con el que lo quería. La Santísima Virgen me hizo comprender la gran gracia que había recibido y la correspondencia que debía dar al Amor de Jesús. (213) Mi esposo Jesús me dio nuevas reglas para vivir más perfectamente, pero como ha pasado mucho tiempo no las recuerdo muy bien, por eso no las digo, y así terminó aquel día. (214) ¿Quién puede decir las finezas de amor que Jesús hacía a mi alma? Eran tales y tantas, que es imposible describirlas, pero lo poco que recuerdo trataré de decirlo. A veces transportándome con Él me llevaba al Paraíso, y ahí escuchaba los cánticos de los bienaventurados, veía a la Divinidad, a los diversos coros de los ángeles, las órdenes de los santos, todos inmersos, absorbidos e identificados en la Divinidad de Dios. Me parecía que en torno al trono había muchas luces, como si fueran más que soles resplandecientes y a claras notas estas luces denotaban todas las virtudes y los atributos de Dios. Los bienaventurados reflejándose en una de estas luces quedaban raptados, pero no llegaban a penetrar toda la inmensidad de aquella luz, de modo que pasaban a una segunda luz sin comprender a fondo la primera. Así que los bienaventurados en el Cielo no pueden comprender perfectamente a Dios, porque es tanta la Inmensidad, la Grandeza, la Santidad de Dios, que mente creada no puede comprender a un Ser increado. Ahora, los bienaventurados reflejándose en estas luces, me parecía que venían a participar en las virtudes de estas luces, así que el alma en el Cielo se asemeja a Dios, con esta diferencia: Que Dios es aquel Sol grandísimo, y el alma es un pequeño sol. ¿Pero quién puede decir todo lo que en esa beata morada se comprende? Mientras el alma se encuentra en esta cárcel del cuerpo es imposible, mientras en la mente se escucha algo, los labios no encuentran palabras para poderse explicar, me parece como un niño que empieza a balbucear, que quisiera decir tantas y tantas cosas, pero al fin resulta que no sabe decir ni una palabra clara, por eso pongo punto sin ir más allá. Sólo diré que a veces mientras me Libro de Cielo Volumen 01 33 encontraba en aquella bienaventurada patria, paseaba junto con Jesús en medio de los coros de los ángeles y de los santos, y como yo era nueva esposa todos los bienaventurados se unían con nosotros para participar en las alegrías de nuestro desposorio, me parecía que olvidaban sus contentos para ocuparse de los nuestros, y Jesús me mostraba a los santos diciéndoles: (215) “Vean esta alma, es un triunfo de mi Amor, mi Amor todo ha superado en ella”. (216) Otras veces me hacía ponerme en el lugar que me tocaba y me decía: “Este es tu lugar, nadie te lo puede quitar”. Y a veces yo llegaba a creer que no debía volver más a la tierra, pero en un simple instante me encontraba encerrada en el muro de este cuerpo. ¿Quién puede decir cuán amargo me resultaba este regresar? A mí me parecía, por las cosas del Cielo, que las de esta tierra todo era podredumbre, insípido, fastidioso; las cosas que tanto deleitan a los demás, para mí resultaban amargas, las personas más amadas, más respetables, que los demás quién sabe qué hubieran hecho para entretenerse con ellas, a mí me resultaban indiferentes y hasta fastidiosas, sólo viéndolas como imágenes de Dios me parecía que podía soportarlas, pero mi alma había perdido toda satisfacción, ninguna cosa le daba la menor sombra de contento, y era tanta la pena que sentía que no hacía más que llorar y lamentarme con mi amado Jesús. ¡Ah! Mi corazón vivía inquieto, entre continuas ansias y deseos, me lo sentía más en el Cielo que en la tierra, sentía en mi interior una cosa que me roía continuamente, tanto, que me resultaba amargo y doloroso tener que continuar viviendo. Pero la obediencia puso un freno a estas penas mías, mandándome absolutamente que no deseara morir, y que sólo debía morir cuando el confesor me diera la obediencia. Entonces para cumplir esta santa obediencia hacía cuanto más podía para no pensar en eso, porque mi interior era una continua jaculatoria de deseos de quererme ir. Así, en gran parte mi corazón se tranquilizó, pero no del todo. Confieso la verdad, mucho falté en esto, ¿pero qué podía hacer? No sabía frenarme, para mí era un verdadero martirio. Mi benigno Jesús me decía: (217) “Cálmate, ¿cuál es la cosa que tanto te hace desear el Cielo?” (218) Y yo le decía: “Porque quiero estar siempre unida Contigo, mi alma no resiste más estar separada de Ti, no sólo por un día, ni siquiera por un momento, por eso a cualquier costo quiero irme”. (219) “Pues bien”. Me decía. “Si es por Mí te quiero contentar, vendré a estarme contigo”. (220) Yo le decía: “Pero luego me dejas y yo te pierdo de vista, en cambio en el Cielo no es así, allá jamás te perderé de vista”. (221) A veces también Jesús quería bromear, y he aquí cómo: Mientras estaba con estas ansias, venía todo de prisa y me decía: “¿Quieres venir?” Y yo le decía: “¿adónde?” Y Él: “Al Cielo”. Y yo: “¿Me lo dices de verdad?” Y Él: “Apresúrate, ven, no tardes”. Y yo: “Está bien, vayamos, pero temo que quieres bromear conmigo”. Y Jesús: “No, no, de verdad quiero llevarte Conmigo”. Y mientras así decía sentía salir mi alma del cuerpo, y junto con Jesús tomaba el vuelo al Cielo. ¡Oh, cómo me sentía contenta entonces creyendo que debía dejar la tierra, la vida me parecía un sueño, el sufrir poquísimo! Mientras llegábamos a un punto alto del Cielo oía el canto de los bienaventurados, yo apresuraba a Jesús a que me introdujera en esa bienaventurada morada, pero Jesús lo tomaba con calma. En mi interior comenzaba a sospechar que no era cierto y decía: “¿Quién sabe si no es una broma que me ha hecho?” De vez en cuando le decía: “Jesús mío, amado, hazlo pronto”. Y Él me decía: “Espera otro poco, descendamos otra vez a la tierra, mira, ahí está por perderse un pecador, vayamos, tal vez se convierta. Pidamos juntos al Eterno Padre que tenga misericordia de él. ¿No quieres tú que se salve? ¿No estás dispuesta a sufrir cualquier pena por la salvación de una sola alma?” Y yo: “Sí, cualquier cosa que Tú quieras que sufra, estoy dispuesta, con tal de que la salves”. Así íbamos a ese pecador, tratábamos de convencerlo, poníamos ante su mente las más poderosas razones para rendirlo, pero en vano. Entonces Jesús todo afligido me decía: “Esposa mía, vuelve otra vez a tu cuerpo, toma sobre ti las penas que le son merecidas, así la Divina Justicia, aplacada, podrá usar con él misericordia. Tú has visto, las palabras no lo han sacudido, ni Libro de Cielo Volumen 01 34 siquiera las razones, no queda otra cosa que las penas, que son los medios más poderosos para satisfacer a la Justicia y para rendir al pecador”. Así me llevaba de nuevo al cuerpo. ¿Quién puede decir los sufrimientos que me venían? Lo sabe sólo el Señor que de ellos era testigo. Después de algunos días me hacía ver aquella alma convertida y salvada, oh, como estaba contento Jesús y yo también. (222) ¿Quién puede decir cuántas veces Jesús ha hecho estos juegos? Cuando se llegaba al punto de entrar al Cielo, y a veces aun después de haber entrado, ahora decía que no tenía la obediencia del confesor, y por eso era conveniente volver a la tierra, y yo le decía: “Mientras he estado con el confesor estaba obligada a obedecerlo, pero ahora que estoy Contigo, debo obedecerte a Ti, porque Tú eres el primero de todos. Y Jesús me decía: “No, no, quiero que obedezcas al confesor”. Entonces, para no alargarme demasiado, ahora por un pretexto, ahora por otro, me hacía regresar a la tierra. (223) Muy dolorosos me resultaban estos juegos, basta decir que me hice tan impertinente, que el Señor para castigar mis impertinencias no permitía tan frecuentemente estas bromas. Renovación del desposorio. Desposorio ante la Santísima Trinidad. La instruye sobre la Fe, la Esperanza y la Caridad. (224) En este estado que he mencionado, pasé cerca de tres años, y continuaba estando en la cama. Cuando una mañana Jesús me hizo entender que quería renovar el desposorio, pero no ya en la tierra como la primera vez, sino en el Cielo ante la presencia de toda la corte Celestial, así que estuviese preparada para una gracia tan grande. Yo hice cuanto más pude para disponerme, pero qué, siendo yo tan miserable e insuficiente para hacer ninguna sombra de bien, se necesitaba la mano del Artífice Divino para disponerme, porque por mí jamás habría logrado purificar mi alma. (225) Una mañana, era la víspera de la natividad de María Santísima, mi siempre benigno Jesús vino Él mismo a disponerme. No hacía más que ir y venir continuamente, ahora me hablaba de la fe y me dejaba, yo me sentía infundir en el alma una vida de fe, mi alma, tosca como la sentía antes, ahora, después del hablar de Jesús me la sentía ligerísima, en modo de penetrar en Dios, y ahora miraba la Potencia, ahora la Santidad, ahora la Bondad y demás, y mi alma quedaba estupefacta, en un mar de asombro y decía: “Potente Dios, ¿qué potencia ante Ti no queda deshecha? Santidad inmensa de Dios, ¿qué otra santidad por cuán sublime sea, osará comparecer ante tu presencia?” Después me sentía descender en mí misma y veía mi nada, la nulidad de las cosas terrenas, como todo es nada delante de Dios. Yo me veía como un pequeño gusano todo lleno de polvo que me arrastraba para dar algún paso, y que para destruirme no se necesitaba sino que alguien me pusiera el pie encima, y con eso quedaba deshecha. Entonces, viéndome tan fea, casi no me atrevía a ir ante Dios, pero ante mi mente se presentaba su bondad, y me sentía atraída como por un imán para ir hacia Él y decía entre mí: “Si es Santo, también es Misericordioso; si es Potente, contiene también en Sí plena y suma Bondad”. Me parecía que la bondad lo circundaba por fuera, y lo inundaba por dentro. Cuando miraba la Bondad de Dios me parecía que sobrepasaba a todos los demás atributos, pero después mirando los demás, los veía todos iguales en sí mismos, inmensos, inconmensurables e incomprensibles a la naturaleza humana. Mientras mi alma estaba en este estado, Jesús regresaba y hablaba de la Esperanza. (226) Recuerdo algo confusamente, porque después de tanto tiempo es imposible recordar claramente, pero para cumplir la obediencia que así quiere, diré por cuanto pueda. (227) Entonces decía Jesús, regresando a la fe: “Para obtenerla se necesita creer. Así como a la cabeza sin la vista de los ojos todo es tinieblas, todo es confusión, tanto que si quisiera caminar, ahora caería en un punto, ahora en otro y terminaría con precipitarse del todo, así el alma sin fe, no hace otra cosa que ir de precipicio en precipicio, porque la fe sirve de vista al alma y como luz que la guía a la vida eterna. Ahora, ¿de qué es alimentada Libro de Cielo Volumen 01 35 esta luz de la fe? Por la esperanza. ¿Y de que sustancia es esta luz de la fe y este alimento de la esperanza? La caridad. Estas tres virtudes están injertadas entre ellas, de modo que una no puede estar sin la otra”. (228) En efecto, ¿de qué le sirve al hombre creer en las inmensas riquezas de la fe si no las espera para él? Las verá, sí, pero con mirada indiferente porque sabe que no son suyas, pero la esperanza suministra las alas a la luz de la fe, y esperando en los méritos de Jesucristo las mira como suyas y viene a amarlas. (229) “La esperanza”. Decía Jesús, “suministra al alma una vestidura de fuerza, casi de hierro, de modo que todos los enemigos con sus flechas no pueden herirla, y no sólo herirla, sino que ni siquiera causarle la mínima molestia. Todo es tranquilidad en ella, todo es paz. ¡Oh! Es bello ver a esta alma investida por la esperanza, toda apoyada en su amado, toda desconfiada de sí, y toda confiada en Dios; desafía a los enemigos más fieros, es reina de sus pasiones, regula todo su interior, sus inclinaciones, los deseos, los latidos, los pensamientos, con una maestría tal, que Jesús mismo queda enamorado porque ve que esta alma obra con tal coraje y fortaleza; pero ella los toma y lo espera todo de Él, tanto que Jesús viendo esta firme esperanza, nada sabe negar a esta alma”. (230) Ahora, mientras Jesús hablaba de la esperanza, se retiraba un poco, dejándome una luz en la inteligencia. ¿Quién puede decir lo que comprendía sobre la esperanza? Si las otras virtudes, todas sirven para embellecer al alma, pero nos pueden hacer vacilar y volvernos inconstantes, en cambio la esperanza vuelve al alma firme y estable, como aquellos montes altos que no se pueden mover ni un poco. A mí me parece que al alma investida por la esperanza le sucede como a ciertos montes altísimos, que todas las inclemencias del aire no les pueden hacer ningún daño, sobre de estos montes no penetra ni nieve, ni vientos, ni calor, cualquier cosa se podría poner sobre ellos, y se puede estar seguro que aunque pasaran cientos de años, que ahí donde se puso, ahí se encuentra. Así es el alma vestida por la esperanza, ninguna cosa la puede dañar, ni la tribulación, ni la pobreza, ni todos los accidentes de la vida, a lo más la desaniman un instante, pero dice entre sí: “Yo todo puedo obrar, todo puedo soportar, todo sufrir esperando en Jesús que es el objeto de todas mis esperanzas”. La esperanza vuelve al alma casi omnipotente, invencible y le suministra la perseverancia final, tanto que sólo cesa de esperar y perseverar cuando ha tomado posesión del reino del Cielo, entonces deja la esperanza y toda se arroja en el océano inmenso del Amor Divino. Mientras mi alma se perdía en el mar inmenso de la esperanza, mi amado Jesús regresaba y hablaba de la caridad diciéndome: (231) “A la fe y a la esperanza se une la caridad, y ésta une todo lo de las otras dos, de modo de formar una sola mientras que son tres. He aquí, oh esposa mía, simbolizada en las tres virtudes teologales a la Trinidad de las Divinas Personas”. (232) Luego prosiguió: “Si la fe hace creer, la esperanza hace esperar, la caridad hace amar. Si la fe es luz y sirve de vista al alma, la esperanza que es el alimento de la fe suministra al alma el valor, la paz, la perseverancia y todo lo demás; la caridad que es la sustancia de esta luz y de este alimento, es como aquel ungüento dulcísimo y olorosísimo que penetrando por todas partes, aplaca, endulza las penas de la vida. La caridad vuelve dulce el sufrir y hace llegar al alma aun a desear este sufrimiento. El alma que posee la caridad expande olor por todas partes, sus obras hechas todas por amor despiden olor gratísimo, ¿y cuál es este olor? Es el olor de Dios mismo. Las otras virtudes vuelven al alma solitaria y casi rustica con las criaturas; la caridad en cambio, siendo sustancia que une, une los corazones, ¿pero en dónde? En Dios. La caridad siendo ungüento olorosísimo se expande por todas partes y por todos. La caridad hace sufrir con alegría los más despiadados tormentos, y llega a no saber estar sin el sufrir, y cuando se ve privada de él dice a su esposo Jesús: “Sostenme con los frutos, como es el sufrir, porque languidezco de amor, ¿y en qué otra manera puedo mostrarte mi amor sino en el sufrir por Ti? La caridad quema, consume todas las otras cosas, y aun las mismas virtudes, y convierte todo en ella. En suma, es como reina que quiere reinar en todas partes, y que no quiere ceder este reinar a ninguno”. Libro de Cielo Volumen 01 36 (233) ¿Quién puede decir lo que me quedó después de este hablar de Jesús? Digo sólo que se encendió en mí tal deseo de sufrir, y no sólo deseo, sino que siento en mí como una infusión, como una cosa natural, tanto, que tengo para mí como la más grande desgracia el no sufrir. Después de esto, aquella mañana, Jesús para disponer mayormente mi corazón, habló sobre el aniquilamiento de mí misma, también me habló sobre el deseo grandísimo que debía excitarme para disponerme a recibir la gracia. Me decía que el deseo suple a las faltas e imperfecciones que puedan existir en el alma, que es como un manto que cubre todo. Pero esto no era un hablar simplemente, era un infundir en mí lo que decía. (234) Mientras mi alma estaba excitándose en encendidos deseos de recibir la gracia que Jesús mismo me quería hacer, Él regresó y me transportó fuera de mí misma, hasta el paraíso, y ahí, ante la presencia de la Santísima Trinidad y de toda la corte celestial renovó los desposorios. Jesús sacó el anillo adornado con tres piedras preciosas, blanca, roja y verde y lo entregó al Padre quien lo bendijo y lo devolvió al Hijo, el Espíritu Santo me tomó la mano derecha y Jesús me puso el anillo en el dedo anular. Después fui admitida al beso de la Tres Divinas Personas y me bendijeron. (235) ¿Quién puede decir mi confusión cuando me encontré delante de la Santísima Trinidad? Sólo digo que en cuanto me encontré ante su presencia caí rostro en tierra y ahí habría permanecido si no hubiera sido por Jesús que me animó para ir a su presencia, tanta era la luz, la Santidad de Dios. Sólo digo esto, las otras cosas las dejo porque las recuerdo confusamente. (236) Después de esto, recuerdo que pasaron pocos días, y al recibir la Comunión perdí los sentidos y vi a la Santísima Trinidad que había visto en el Cielo presente ante mí, enseguida me postré ante su presencia, la adoré, confesé mi nada. Recuerdo que me sentía tan abismada en mí misma que no me atrevía a decir una sola palabra, cuando una voz salió de en medio de Ellos y dijo: (237) “No temas, date ánimo, hemos venido para confirmarte como nuestra y tomar posesión de tu corazón”. (238) Mientras esta voz así decía, vi que la Santísima Trinidad descendió en mi corazón y se posesionaron de él y ahí formaron su sede. ¿Quién puede decir el cambio que sucedió en mí? Me sentía divinizada, no más vivía yo sino Ellos vivían en mí. A mí me parecía que mi cuerpo fuera como una habitación, y que dentro habitase el Dios viviente, porque yo sentía la presencia real sensiblemente en mi interior, oía su voz clara que salía de dentro de mi interior y resonaba en los oídos del cuerpo. Sucedía precisamente como cuando hay gente dentro de una habitación, que hablan y sus voces se oyen claras y distintas aun desde fuera. (239) Desde entonces no tuve más la necesidad de ir en su busca a otros lugares para encontrarlo, sino que lo encontraba dentro de mi corazón. Y cuando algunas veces se ocultaba y yo he ido en busca de Jesús girando por el cielo y por la tierra, buscando a mi sumo y único Bien, mientras me encontraba en la hoguera de las lágrimas, en la intensidad de los deseos, en las penas inenarrables por haberlo perdido, Jesús salía de dentro de mi interior y me decía: (240) “Estoy aquí contigo, no me busques en otra parte”. (241) Yo, entre el asombro y el contento de haberlo encontrado le decía: “Mi Jesús, ¿cómo toda esta mañana me has hecho tanto girar y girar para encontrarte y estabas aquí? Me lo podrías haber dicho, así no me hubiera afanado tanto. Dulce Bien mío, amada Vida mía, mira como estoy cansada, no tengo más fuerzas, me siento desfallecer, ah, sostenme entre tus brazos porque me siento morir. Y Jesús me tomaba entre sus brazos y me hacía reposar, y mientras reposaba me sentía restituir las fuerzas perdidas. (242) Otras veces, en este ocultamiento que Jesús hacía y yo que iba en busca de Él, cuando se hacía oír dentro de mí y que después salía de dentro de mí no sólo Jesús, sino las Tres Divinas Personas, las encontraba ahora en forma de tres niños graciosos y sumamente bellos, ahora un solo cuerpo y tres cabezas distintas, pero de una misma semejanza, las tres igual de atractivas. ¿Quién puede decir mi contento? Especialmente Libro de Cielo Volumen 01 37 cuando veía a los tres niños y que yo los contenía a los tres entre mis brazos, ahora besaba a uno, ahora al otro, y Ellos me besaban a mí, ahora uno se apoyaba en un hombro mío y otro en el otro y uno me quedaba de frente, y mientras me gozaba en ellos, con gran asombro hacía por mirar, y de tres encontraba a uno sólo. (243) Otra cosa que me maravillaba cuando me encontraba a estos tres niños era que lo mismo pesaba uno que los tres juntos. Tanto amor sentía yo por uno de estos niños como por los tres, y los tres me atraían del mismo modo. (244) Para terminar de hablar de estos desposorios, tuve que pasar por alto algunas cosas para seguir el hilo, pero ahora me dispongo a decirlas. Desposorio de la cruz. Le habla de este desposorio y narra las crucifixiones que sufrió. (245) Regresando al principio, cuando Jesús se dignaba venir, frecuentemente me hablaba de su Pasión y ponía atención a disponer mi alma a la imitación de su Vida y de sus penas, diciéndome que además del desposorio ya descrito quedaba otro por hacer, y este era el desposorio de la cruz. Recuerdo que me decía: (246) “Esposa mía, las virtudes se vuelven débiles si no son corroboradas, fortificadas por el injerto de la cruz. Antes de mi venida a la tierra, las penas, las confusiones, los oprobios, las calumnias, los dolores, la pobreza, las enfermedades, especialmente la cruz, eran consideradas como oprobios, pero desde que fueron llevados por Mí, todos quedaron santificados y divinizados por mi contacto, así que todos han cambiado aspecto y se han vuelto dulces, gratos, y el alma que tiene el bien de tener alguno de ellos queda honrada, y esto porque ha recibido la divisa de Mí, Hijo de Dios. Y sólo experimenta lo contrario quien sólo ve y se detiene en la corteza de la cruz, y encontrando lo amargo se disgusta, se lamenta y parece que le haya llegado una desgracia, pero quien penetra dentro, encontrando lo sabroso, ahí forma su felicidad. Hija mía amada, no deseo otra cosa que el crucificarte en el alma y en el cuerpo”. (247) Y mientras esto decía me sentía infundir tales deseos de ser crucificada con Jesucristo, que frecuentemente iba repitiendo: “Jesús mío, Amor mío, hazlo pronto, crucifícame Contigo”. Y cuando regresaba Jesús, las primeras peticiones que le hacía y que me parecían más importantes eran estas: El dolor de mis pecados y la gracia de que me crucificara con Él. Me parecía que si obtenía esto habría obtenido todo. (248) Entonces, una mañana, mi amantísimo Jesús se presentó ante mí Crucificado y me dijo que quería crucificarme con Él, y mientras esto decía vi que de sus santísimas llagas salieron rayos de luz, y dentro de estos rayos los clavos que venían hacia mí. Mientras estaba en esto, no sé por qué, mientras deseaba tanto que me crucificara, tanto que me sentía consumir, fui sorprendida por un gran temor que me hacía temblar de la cabeza a los pies, sentía tal aniquilamiento de mí misma, me veía tan indigna de recibir esta gracia, que no me atrevía a decir: “Señor, crucifícame Contigo”. Parecía que Jesús estaba en suspenso esperando mi querer. ¿Quién puede decir cómo en lo íntimo de mi alma lo deseaba ardientemente, pero a la vez me veía indigna? Mi naturaleza se espantaba y temblaba. Mientras me encontraba en esto, mi amado Jesús intelectualmente me pedía que aceptara, entonces con todo el corazón le dije: “Esposo santo, crucificado por mí, te pido que me concedas la gracia de crucificarme, y al mismo tiempo te pido que no hagas aparecer ninguna señal externa. Sí, dame el dolor, dame las llagas, pero haz que todo quede oculto entre Tú y yo”. (249) Y así, aquellos rayos de luz junto con los clavos me traspasaron las manos y los pies, y el corazón fue traspasado con un rayo de luz junto con una lanza. ¿Quién puede decir el dolor y el contento? Por cuanto antes fui sorprendida por el temor, otro tanto después mi alma nadaba en el mar de la paz, del contento y del dolor. Era tanto el dolor que sentía en las manos, en los pies y en el corazón, que me sentía morir; los huesos de las manos y de los pies sentía que me los hacían pequeñísimos pedazos, sentía como si Libro de Cielo Volumen 01 38 estuviera un clavo dentro, pero al mismo tiempo me causaba tal contento, que no sé explicar, y me suministraba tal fuerza, que mientras me sentía morir por el dolor, esos mismos dolores me sostenían para hacer que no muriera. Pero en la parte externa del cuerpo nada aparecía, pero sentía los dolores corporalmente, tan es verdad, que cuando venía el confesor para llamarme a la obediencia y me soltaba los brazos y las manos contraídos, cada vez que me tocaba en ese punto de las manos, donde había traspasado el rayo de luz junto con el clavo, sentía penas mortales. Sin embargo cuando el confesor ordenaba por obediencia que cesaran esos dolores, muchos se mitigaban, porque esos dolores eran tan fuertes que me hacían perder los sentidos, y si no se hubieran mitigado ante la obediencia, difícilmente me hubiera prestado a obedecer. ¡Oh prodigio de la santa obediencia, tú has sido todo para mí! Cuántas veces me he encontrado en contraste con la muerte, tanta era la fuerza de los dolores, y la obediencia me ha casi restituido la vida. Sea siempre bendito el Señor, sea todo para gloria suya. (250) Ahora, mientras me sentía en mí misma, nada veía, pero cuando perdía los sentidos veía las partes marcadas por las llagas de Jesús, me parecía que las llagas de Jesús mismo se habían trasladado a mis manos. Esta fue la primera vez que Jesús me crucificó, porque de estas crucifixiones ha habido tantas, que es imposible numerarlas todas, diré solamente las cosas principales relacionadas con esto. (251) Ahora, regresando Jesús le decía: “Amado, mi Jesús, dame el dolor de mis pecados, así, mis pecados consumidos por el dolor, por el arrepentimiento de haberte ofendido, pueden ser borrados de mi alma y también de tu memoria, sí, dame tanto dolor por cuanto he osado ofenderte. Más bien haz que el dolor supere esto, así podré estrecharme más íntimamente Contigo”. (252) Recuerdo que una vez mientras estaba diciendo esto, mi siempre benigno Jesús me dijo: (253) “Ya que tanto te disgusta haberme ofendido, quiero Yo mismo disponerte a hacerte sentir el dolor de tus pecados, y así veas cuán feo es el pecado, y qué acerbo dolor sufrió mi corazón. Por eso di junto Conmigo: “Si paso el mar, en el mar Tú estás, aunque no te veo; piso la tierra y estás bajo mis pies, pequé”. (254) Luego Jesús, en voz baja agregó casi llorando: (255) “Sin embargo te amé, y al mismo tiempo te conservé”. (256) Mientras Jesús decía esto y yo lo repetía junto con Él, fui sorprendida por tal dolor por las ofensas hechas que caí rostro a tierra, y Jesús desapareció. (257) Pocas fueron las palabras, pero yo entendí tantas cosas que es imposible decir todo lo que comprendí. En las primeras palabras comprendí la inmensidad, la grandeza, la presencia de Dios en cada cosa presente, sin que pueda escapar de Él ni siquiera la sombra de nuestro pensamiento, comprendí también mi nada en comparación de una Majestad tan grande y santa. En la palabra “pequé”, comprendía la fealdad del pecado, la malicia, la osadía que yo había tenido al ofenderlo. Ahora, mientras mi alma estaba considerando esto, al oír decir a Jesucristo: “Y sin embargo te amé y al mismo tiempo te conservé”. Mi corazón fue tomado por tal dolor que me sentía morir, porque comprendía el amor inmenso que el Señor me tenía en el acto mismo en que yo buscaba ofenderlo, y aun matarlo. ¡Ah Señor, cómo has sido bueno conmigo, y yo siempre ingrata y tan mala aún! (258) Recuerdo que cada vez que venía era un alternarse, ahora le pedía el dolor de mis pecados, y ahora la crucifixión, y también otras cosas. Como una mañana mientras me encontraba en mis acostumbrados sufrimientos, mi amado Jesús me transportó fuera de mí misma y me hizo ver a un hombre que era asesinado a balazos, y que en cuanto expiraba iba al infierno. ¡Oh, cuánta pena daba a Jesús la pérdida de aquella alma! Si todo el mundo supiera cuánto sufre Jesús por la pérdida de las almas, no digo por ellas, sino al menos para ahorrar esa pena a nuestro Señor, usarían todos los medios posibles para no perderse eternamente. Ahora, mientras junto con Jesús me encontraba en medio de las balas, Jesús acercó sus labios a mi oído y me dijo: (259) “Hija mía, ¿quieres tú ofrecerte víctima por la salvación de esta alma y tomar sobre ti las penas que merece por sus grandísimos pecados?” Libro de Cielo Volumen 01 39 (260) Yo respondí: “Señor, estoy dispuesta, pero con el pacto de que lo salves y le restituyas la vida”. ¿Quién puede decir los sufrimientos que me llegaron? Fueron tales y tantos que yo misma no sé como quedé con vida. Ahora, mientras me encontraba en este estado de sufrimientos desde hacía más de una hora, vino mi confesor para llamarme a la obediencia, y encontrándome muy sufriente, con dificultad pude obedecer, por eso me preguntó la razón de tal estado, yo le dije el hecho así como lo describí arriba, diciéndole el punto de la ciudad donde me parecía que había sucedido. El confesor me dijo que era cierto el hecho y que lo daban por muerto, pero después se supo que estaba gravísimo y que poco a poco se restableció y vive todavía. Sea siempre bendito el Señor. (261) Recuerdo que siguiendo con mi petición de la crucifixión y transportándome Jesús fuera de mí misma, me llevó a los lugares santos de Jerusalén, donde Nuestro Señor padeció su dolorosa Pasión, y ahí encontramos muchas cruces y mi amado Jesús me dijo: (262) “Si tú supieras qué bien contiene en sí la cruz, cómo vuelve preciosa al alma, qué gema de inestimable valor adquiere quien tiene el bien de poseer los sufrimientos, basta decirte solamente que viniendo a la tierra no escogí las riquezas, los placeres, sino que tuve como amadas e íntimas hermanas a la cruz, a la pobreza, a los sufrimientos e ignominias”. (263) Mientras así decía, mostraba un gusto tal, una alegría por el sufrimiento, que esas palabras me traspasaban el corazón como tantos dardos ardientes, tanto que me sentía faltar la vida si el Señor no me concedía el sufrir, y con toda la fuerza y la voz que tenía no hacía otra cosa que decirle: “Esposo Santo, dame el sufrir, dame las cruces, sólo con esto conoceré que me amas, si me contentas con las cruces y con los sufrimientos”. Y entonces tomaba una de aquellas cruces más grandes que veía, me ponía sobre ella y rogaba a Jesús que viniera a crucificarme, y Él se complacía en tomar mi mano y comenzaba a traspasarla con el clavo, de vez en cuando el bendito Jesús me preguntaba: (264) “Qué, ¿te duele mucho? ¿Quieres que no continúe?” (265) Y yo: “No, no, amado mío, continúa, me duele, sí, pero estoy contenta”. Y tenía tal temor que no terminara de crucificarme, que no hacía otra cosa que decirle: “Hazlo pronto, oh Jesús, hazlo pronto, no tardes tanto”. Pero qué, cuando tenía que clavar la otra mano, los brazos de la cruz se encontraban cortos, mientras que antes me habían parecido suficientes para poder crucificarme. ¿Quién puede decir cómo quedaba mortificada? Esto se repetía en muchas ocasiones, y a veces si los brazos de la cruz eran adecuados, la largura del asta no alcanzaba para poder distender los pies, en una palabra, faltaba siempre alguna cosa para no poderse cumplir del todo la crucifixión. ¿Quién puede decir la amargura de mi alma y los lamentos que hacía con Nuestro Señor porque no me concedía el verdadero sufrir? Le decía: “Amado mío, todo termina en burla, me decías que querías llevarme al Cielo, y luego de nuevo me hacías volver a la tierra, me dices que quieres crucificarme, y jamás llegamos a la completa crucifixión”. Y Jesús de nuevo me prometía que me iba a crucificar. + + + 1-2 Septiembre 14, 1899 (1) Una mañana, era el día de la exaltación de la cruz, mi dulce Jesús me transportó a los lugares santos, pero antes me dijo tantas cosas de la virtud de la cruz, no lo recuerdo todo, apenas alguna cosa: (2) “Amada mía, ¿quieres ser bella? La cruz te dará los rasgos más bellos que se puedan encontrar tanto en el Cielo como en la tierra, tanto, de enamorar a Dios que contiene en Sí todas las bellezas”. (3) Y continuaba Jesús: “¿Quieres tú estar llena de inmensas riquezas, no por breve tiempo sino por toda la eternidad? Pues bien, la cruz te suministrará todas las especies de riquezas, desde los más pequeños centavos, como son las pequeñas cruces, hasta las Libro de Cielo Volumen 01 40 sumas más grandes, que son las cruces más pesadas, sin embargo los hombres que son tan ávidos por ganar dinero temporal, que pronto deberán dejar, no se preocupan por adquirir un centavo eterno, y cuando Yo, teniendo compasión de ellos, viendo su despreocupación por todo lo que se refiere a lo eterno, benignamente les llevo la ocasión, en vez de tomarlo a bien se indignan y me ofenden, ¡qué locura humana, parece que la entienden al revés! Amada mía, en la cruz están todos los triunfos, todas las victorias y las más grandes adquisiciones, para ti no debe haber otra mira más que la cruz, y esta te bastará por todo. Hoy quiero contentarte, aquella cruz que hasta ahora no bastaba para poderte extender y crucificarte completamente, es la cruz que tú has llevado hasta ahora, por tanto, debiéndote crucificar completamente, tienes necesidad de que haga descender nuevas cruces sobre ti, entonces aquella cruz que hasta ahora has llevado me la llevaré al Cielo para mostrarla a toda la corte celestial como prenda de tu amor, y otra más grande haré descender del Cielo para poder satisfacer mis ardientes anhelos que tengo sobre ti”. (4) Mientras Jesús decía esto, se presentó ante mí aquella cruz que había visto las otras veces, yo la tomé y me extendí sobre ella, mientras estaba así se abrió el Cielo y de él descendió el evangelista san Juan, y traía la cruz que Jesús me había indicado; la Reina Madre y muchos ángeles, cuando llegaron junto a mí, me quitaron de sobre aquella cruz y me pusieron sobre la que me habían traído, mucho más grande, un ángel tomó aquella cruz de antes y se la llevó al Cielo. Después de esto, Jesús con sus propias manos comenzó a clavarme sobre aquella cruz, la Mamá Reina me asistía, los ángeles y san Juan proporcionaban los clavos. Mi dulce Jesús mostraba tal contento y alegría al crucificarme, que sólo por darle ese contento a Jesús no sólo habría sufrido la cruz, sino otras penas aun. ¡Ah, me parecía que el Cielo hacía nueva fiesta por mí al ver el contento de Jesús! Muchas almas del purgatorio fueron liberadas emprendiendo el vuelo hacia el Cielo, y algunos pecadores fueron convertidos, porque mi Divino Esposo a todos hizo partícipes del bien de mis sufrimientos. ¿Quién puede decir además los dolores intensos que sufrí al estar bien extendida sobre la cruz y ser traspasadas las manos y los pies con los clavos? Pero especialmente en los pies era tanta la atrocidad de las penas, que no pueden describirse. Cuando terminaron de crucificarme y yo me sentía nadar en el mar de las penas y de los dolores, la Mamá Reina dijo a Jesús: “Hijo mío, hoy es día de gracia, quiero que le participes todas tus penas, no queda más que le traspases el corazón con la lanza y le renueves la corona de espinas”. Entonces Jesús tomó la lanza y me traspasó el corazón de lado a lado, los ángeles tomaron una corona de espinas muy tupida, se la dieron en la mano a la Santísima Virgen, y Ella misma me la clavó en la cabeza. (5) ¡Qué memorable día fue para mí!, de dolores, sí, pero también de contentos, de penas indecibles, pero también de alegrías. Basta decir que era tanta la fuerza de los dolores, que Jesús todo ese día no se movió de mi lado para sostener mi naturaleza que desfallecía por la intensidad de las penas. Aquellas almas del purgatorio que habían volado al Cielo, descendían junto con los ángeles y rodeaban mi cama recreándome con sus cánticos y agradeciendo afectuosamente que por mis sufrimientos las había liberado de aquellas penas. (6) Luego sucedió que habiendo pasado cinco o seis días de aquellas penas tan intensas, con gran aflicción mía comenzaron a disminuir, y entonces solicitaba a mi amado Jesús que de nuevo me renovara la crucifixión, y Él, a veces pronto y a veces no, se complacía en transportarme a los lugares santos y me participaba las penas de su dolorosa Pasión. Ahora la corona de espinas, ahora la flagelación, ahora llevaba la cruz al calvario y ahora la crucifixión. A veces un misterio al día y a veces todo en un día, según a Él le placía, y esto era a mi alma de sumo dolor y contento. Pero me resultaba amarguísimo cuando se cambiaba la escena, y en vez de sufrir yo, era espectadora de ver sufrir a mi amadísimo Jesús las penas de la dolorosa Pasión. ¡Ah, cuántas veces me encontraba en medio de los judíos junto con la Mamá Reina para ver sufrir a mi amado Jesús! ¡Ah, sí, cómo es verdad que resulta más fácil sufrir uno mismo que ver sufrir a la persona amada! Otras veces, renovando mi dulce Jesús estas crucifixiones, recuerdo que me dijo: Libro de Cielo Volumen 01 41 (7) “Amada mía, la cruz hace distinguir a los réprobos de los predestinados. Así como en el día del juicio los buenos se alegrarán al ver la cruz, así desde ahora se puede ver si alguno se salvará o se perderá, si al presentarse la cruz el alma la abraza, la lleva con resignación, con paciencia y besa y agradece a la mano que la envía, es señal de que es salvo; si al contrario, al presentarse la cruz se irritan, la desprecian y llegan hasta ofenderme, puedes decir que es una señal de que esa alma se encamina por la vía del infierno; así harán los réprobos en el día del juicio, que al ver la cruz se afligirán y blasfemarán. La cruz dice todo, la cruz es un libro que sin engaño y a claras notas te dice y te hace distinguir al santo del pecador, al perfecto del imperfecto, al fervoroso del tibio. La cruz comunica tal luz al alma, que desde ahora no sólo hace distinguir al bueno del reo, sino hace conocer quién debe ser más o menos glorioso en el Cielo, quién debe ocupar un puesto superior o un puesto menor. Todas las otras virtudes están humildes y reverentes ante la virtud de la cruz, e injertándose con ella reciben mayor lustre y esplendor”. (8) ¿Quién puede decir qué llamas de deseos ardientes ponía en mi corazón este hablar de Jesús? Me sentía devorar por el hambre de sufrir, y Él para satisfacer mis ansias, o bien, para decirlo mejor, lo que Él mismo me infundía, me renovaba la crucifixión. (9) Recuerdo que a veces, después de renovadas estas crucifixiones me decía: (10) “Amada de mi corazón, deseo ardientemente no sólo crucificarte el alma y comunicarte los dolores de la cruz al cuerpo, sino deseo sellarte también el cuerpo con el sello de mis llagas, y quiero enseñarte la oración para obtener esta gracia, la oración es esta: “Yo me presento ante el trono supremo de Dios, bañada en la sangre de Jesucristo, pidiéndole que por el mérito de sus preclarísimas virtudes y de su Divinidad, me conceda la gracia de crucificarme”. (11) Y yo, a pesar de que siempre he tenido aversión a todo lo que puede aparecer exteriormente, como aún la tengo, en el acto en que Jesús decía, esto me sentía infundir tal anhelo de satisfacer el deseo que Él mismo decía, que también yo me atrevía a decir a Jesús que me crucificara en el alma y en el cuerpo, y algunas veces le decía: “Esposo Santo, cosas exteriores no quisiera, y si alguna vez me atrevo a decirlo, es porque Tú mismo me lo dices, y también para dar una señal al confesor de que eres Tú quien obra en mí. Por lo demás no quisiera otra cosa sino que aquellos dolores que me haces sufrir cuando me renuevas la crucifixión, fuesen permanentes, no quisiera esa disminución después de algún tiempo, y sólo eso me basta, y que de la apariencia externa, por cuanto más lo puedas mantener oculto, tanto más me contentarás”. Confesión con Jesús. Luisa se confiesa con Jesús. (12) Recuerdo confusamente que como le pedía frecuentemente, cuando me encontraba junto con Nuestro Señor, el dolor de mis pecados y la gracia de que me perdonara todo lo que de mal había hecho, y a veces llegaba a decirle que estaría contenta cuando de su propia boca me dijera: “Te perdono todos tus pecados”. Y Jesús bendito, que nada sabe negar cuando es para nuestro bien, una mañana se hizo ver y me dijo: (13) “Esta vez quiero hacer Yo mismo el oficio de confesor, y tú me confesarás a Mí todas tus culpas, y en el momento en que hagas esto te haré comprender uno por uno los dolores que has dado a mi corazón al ofenderme, a fin de que comprendiendo tú, por cuanto puede una criatura, qué cosa es el pecado, tomes la resolución de preferir morir que ofenderme. Mientras tanto tú entra en tu nada y recita el yo pecador”. (14) Yo, entrando en mí misma, advertía toda mi miseria y mis maldades y ante su presencia temblaba toda, y me faltaba la fuerza de pronunciar las palabras del yo pecador, y si el Señor no hubiese infundido en mí nueva fuerza diciéndome: “No temas, si bien soy juez, soy también tu padre, ánimo, sigamos adelante”. Ahí habría permanecido sin decir ni siquiera una palabra. Entonces dije el yo pecador toda llena de confusión y de humillación, y como me veía toda cubierta por mis culpas, dando una mirada descubrí que la culpa que más había ofendido a Nuestro Señor era la soberbia y por eso dije: “Señor, me acuso ante tu presencia de que he pecado de soberbia”. Y Él:

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

MODOS DE FUNDIRSE EN LA DIVINA VOLUNTAD

 17-43 Mayo 17, 1925  Continúa diciendo otros modos de fundirse en la Divina Voluntad, para dar la correspondencia a nombre de todos de amor...