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jueves, 10 de diciembre de 2020

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 Volumen 01 42 (15) “Acércate a mi corazón y pon tu oído, y oirás el desgarro cruel que has hecho a mi corazón con este pecado”. (16) Toda temblando puse mi oído sobre su corazón adorable, ¿pero quién puede decir lo que oí y comprendí en aquel instante? Pero después de tanto tiempo diré sólo alguna cosa confusamente. Recuerdo que su corazón latía tan fuerte que parecía que quería romperle el pecho, luego me parecía que se despedazaba y por el dolor quedaba casi destruido. ¡Ah, si hubiera podido habría llegado a destruir al Ser Divino con la soberbia! Pongo una semejanza para hacerme entender, de otra manera no tengo palabras para expresarme: Imaginad un rey y a sus pies un gusano, que elevándose e inflándose se comienza a creer alguna cosa y que llega a tal atrevimiento, que elevándose poco a poco, llega a la cabeza del rey y le quiere quitar la corona para ponérsela sobre su cabeza, luego lo despoja de sus vestiduras reales, lo arroja del trono y finalmente trata de matarlo. Pero lo peor de este gusano es que él mismo no conoce su propio ser, se engaña a sí mismo, pues para deshacerse de él sólo se necesita que el rey lo ponga bajo los pies y lo aplaste, y así terminarían sus días. Esto causa enojo y compasión, y al mismo tiempo ridiculiza el orgullo de este gusano, si esto se pudiera dar. Así me veía yo ante Dios, cosa que me llenó de tal confusión y dolor que me sentí renovar en mi corazón el desgarro que sufría el bendito Jesús. (17) Después de esto me dejó, y yo sentía tal pena y comprendía que tan feo es este pecado de soberbia, que es imposible describirlo. Cuando hube meditado muy bien todo esto en mí misma, mi buen Jesús regresó y me dijo que continuara la confesión de mis culpas, y yo temblando toda seguí acusándome de los pensamientos, palabras, obras, causas y omisiones, y cuando veía que yo no podía seguir haciendo la confesión por la pena que sentía de haberlo ofendido tanto, porque tenía una claridad tan viva delante a aquel Sol divino, especialmente porque en Él descubría la pequeñez, la nulidad de mi ser y quedaba asombrada de como había tenido yo tanta osadía, de donde había tomado yo ese valor de ofender a un Dios tan bueno que en el acto mismo en que lo ofendía, Él me asistía, me conservaba, me alimentaba, y si tenía algún rencor conmigo, era hacia el pecado que yo hacía, y que odiaba sumamente, en cambio a mí me amaba inmensamente, me excusaba ante la Divina Justicia, y se ocupaba todo para quitar aquel muro de división que había producido el pecado entre el alma y Dios. ¡Oh, si todos pudiesen ver quién es Dios, y quién es el alma en el momento en que se peca, todos morirían de dolor y creo que el pecado sería exiliado de la tierra! (18) Entonces, cuando Jesús bendito veía que por la pena no podía más, se retiraba y me dejaba para que comprendiera muy bien el mal que había hecho, y después regresaba de nuevo y yo continuaba acusando mis culpas. (19) ¿Pero quién puede decir todo lo que comprendí, y explicar una por una las diversas afrentas y los dolores especiales que con mis culpas había ocasionado a Nuestro Señor? Me siento casi imposibilitada para explicarme y también porque no lo recuerdo muy bien. Cuando terminé mi acusación, que duró cerca de siete horas, el amable Jesús tomó el aspecto de padre amorosísimo, y como yo me encontraba agotada de fuerzas por el dolor, y mucho más porque veía que no era un dolor suficiente para dolerme como convenía a mis culpas, Él para animarme me dijo: (20) “Quiero suplir Yo por ti, y aplico a tu alma el mérito del dolor que tuve en el huerto del Getsemaní. Sólo esto puede satisfacer a la Divina Justicia”. (21) Después de que aplicó a mi alma su dolor, entonces me pareció estar dispuesta para recibir la absolución. Toda humillada y confundida como estaba, y postrada a los pies del buen padre Jesús, con los rayos que enviaba a mi mente trataba de excitarme mayormente al dolor diciendo, si bien no recuerdo todo: “Grande, sumo ha sido el mal que he hecho hacia Ti. Estas potencias mías y estos sentidos del cuerpo debían haber sido tantas lenguas para alabarte, ah, en cambio han sido como tantas víboras venenosas que te mordían y buscaban aun el matarte. Pero, Padre Santo, perdóname, no quieras arrojarme de Ti por el gran mal que te he hecho pecando”. Libro de Cielo Volumen 01 43 (22) Y Jesús: “Y tú, ¿prometes no pecar más y alejar de tu corazón cualquier sombra de mal que pudiera ofender a tu Creador?” (23) Y yo: “Ah sí, con todo el corazón te lo prometo. Más bien quiero mil veces morir que volver a pecar, nunca más, nunca más”. (24) Y Jesús: “Y Yo te perdono y aplico a tu alma los méritos de mi Pasión y quiero lavarla en mi sangre”. (25) Y mientras esto decía, levantó su bendita mano derecha y pronunció las palabras de la absolución, exactas a las palabras que dice el sacerdote cuando da la absolución, y en el acto en que esto hacía, de su mano corría un río de sangre, y mi alma quedaba toda inundada por ella. (26) Después de esto me dijo: “Ven, oh hija, ven a hacer penitencia por tus pecados besándome mis llagas”. (27) Toda temblando me levanté y le besé sus sacratísimas llagas y después me dijo: (28) “Hija mía, sé más atenta y vigilante, porque hoy te doy la gracia de no caer más en el pecado venial voluntario”. (29) Después me hizo otras exhortaciones que no recuerdo bien y desapareció. ¿Quién puede decir los efectos de esta confesión hecha a Nuestro Señor? Me sentía toda empapada en la gracia, y me quedó tan grabada que no puedo olvidarla, y cada vez que me acuerdo, siento correr un escalofrío en los huesos, y a la vez siento horror al pensar cuál es mi correspondencia a tantas gracias que el Señor me ha hecho. (30) Otras veces el Señor se ha dignado darme Él mismo la absolución, a veces tomando el aspecto de sacerdote, y yo me confesaba como si fuese sacerdote, si bien sentía diversos efectos, y después de terminada se hacía conocer que era Jesús; y a veces abiertamente venía haciéndose conocer que era Jesús; también algunas veces tomaba el aspecto del confesor, tanto que yo creía que hablaba con el confesor y le decía todos mis temores, mis dudas; pero por el modo de responderme, por la suavidad de la voz, entrelazada ahora como la voz del confesor y ahora como la de Jesús, por su trato amable y por los efectos internos, descubría yo quién era. ¡Ah, si yo quisiera decir todo acerca de estas cosas me extendería demasiado! Por eso termino y pongo punto. (31) Recuerdo que hubo una segunda guerra entre África e Italia, y el bendito Jesús, un día, cerca de nueve meses antes, me transportó fuera de mí misma y me hizo ver un camino larguísimo, lleno de cadáveres inmersos en la sangre que a ríos inundaba ese camino. Daba horror ver esos cadáveres expuestos al aire libre, sin tener ni siquiera quien los sepultara. Yo toda asustada le dije a Nuestro Señor: “¿Qué cosa es esto?” (32) Y Él: “El año que viene habrá guerra. Se sirven de la carne para ofenderme, y Yo sobre su carne quiero hacer mi justa venganza”. (33) Dijo otras cosas, pero ha pasado tanto tiempo que no las recuerdo. (34) Ahora, sucedió que pasado aquel periodo de tiempo se empezó a oír que entre Italia y África había guerra. Yo le rogaba al buen Jesús que librara a muchas víctimas y que tuviera piedad de tantas almas que iban al infierno. (35) Una mañana, según lo acostumbrado me transportó fuera de mí misma y veía que casi todas las gentes estaban convencidas de que debía vencer Italia, me pareció encontrarme en Roma y veía a los diputados que tenían consejo ente ellos acerca del modo como debían conducir la guerra para estar seguros de hacer vencer a Italia. Estaban tan inflados de ellos mismos que daban piedad, pero lo que más me impresionó fue el ver que estos tales, casi todos eran sectarios, almas vendidas al demonio. ¡Qué tristes tiempos! parecía que propiamente reinaba el reino satánico, y su confianza en vez de ponerla en Dios la ponían en el demonio. Ahora, mientras estaban deliberando, mi bendito Jesús me dijo: (36) “Vayamos a oír que se dicen”. (37) Entonces me pareció entrar en su círculo junto con Jesús. Jesús se paseaba en medio de ellos y derramaba lágrimas sobre su miserable estado. Cuando terminaron de deliberar sobre el modo de como debían hacer, vanagloriándose de estar seguros de la victoria, Jesús se dirigió a ellos y les dijo amenazándolos: Libro de Cielo Volumen 01 44 (38) “Confiáis en vosotros mismos y por eso os humillaré, esta vez perderá Italia”. + + + Termino de la novena de navidad. Las 7 meditaciones restantes de la novena de navidad. (39) Ahora, para obedecer regreso a decir lo que dejé en la página 6 de este primer volumen, esto es, la novena de Navidad, en que de la segunda meditación pasaba a la tercera y una voz interior me decía: (40) 3º.- “Hija mía, apoya tu cabeza sobre el seno de mi Mamá, mira dentro de él a mi pequeña Humanidad, mi Amor me devoraba, los incendios, los océanos, los mares inmensos del Amor de mi Divinidad me inundaban, me incineraban, levantaban tan alto sus llamas que se elevaban y se extendían por doquier, a todas las generaciones, desde el primero hasta el último hombre y mi pequeña Humanidad era devorada en medio de tantas llamas, ¿pero sabes tú qué cosa me quería hacer devorar mi Eterno Amor? ¡Ah, a las almas! Y sólo estuve contento cuando las devoré todas, quedando todas concebidas Conmigo, era Dios, debía obrar como Dios, debía tomarlas a todas; mi Amor no me habría dado paz si hubiera excluido a alguna. Ah hija mía, mira bien en el seno de mi Mamá, fija bien los ojos en mi Humanidad recién concebida y en Ella encontrarás a tu alma concebida Conmigo, y también las llamas de mi Amor que te devoraron. ¡Oh, cuánto te he amado y te amo!”. (41) Yo me perdía en medio a tanto amor, no sabía salir de ahí, pero una voz me llamaba fuerte diciéndome: (42) “Hija mía, esto es nada aún, estréchate más a Mí, dale tus manos a mi amada Mamá a fin de que te tenga estrechada sobre su seno materno, y tú da otra mirada a mi pequeña Humanidad concebida y mira el cuarto exceso de mi Amor”. (43) 4º.- “Hija mía, del amor devorante pasa a mirar mi Amor obrante. Cada alma concebida me llevó el fardo de sus pecados, de sus debilidades y pasiones, y mi Amor me ordenó tomar el fardo de cada uno, y no sólo concebí a las almas, sino las penas de cada una, las satisfacciones que cada una de ellas debía dar a mi Celestial Padre. Así que mi Pasión fue concebida junto Conmigo. Mírame bien en el seno de mi Celestial Mamá. Oh cómo mi pequeña Humanidad era desgarrada, mira bien como mi pequeña cabecita está circundada por una corona de espinas, que ciñéndome fuerte las sienes me hace derramar ríos de lágrimas de los ojos, y no puedo moverme para secarlas. Ah, muévete a compasión de Mí, sécame los ojos de tanto llanto, tú que tienes los brazos libres para podérmelo hacer, estas espinas son la corona de los tantos pensamientos malos que se agolpan en las mentes humanas, oh, como me pinchan más estos pensamientos que las espinas que produce la tierra, pero mira qué larga crucifixión de nueve meses, no podía mover ni un dedo, ni una mano, ni un pie, estaba aquí siempre inmóvil, no había lugar para poderme mover un poquito, qué larga y dura crucifixión, con el agregado de que todas las obras malas, tomando forma de clavos, me traspasaban manos y pies repetidamente”. Y así continuaba narrándome pena por pena todos los martirios de su pequeña Humanidad, y que quererlas decir todas sería demasiado extenso. Entonces yo me abandonaba al llanto, y oía decir en mi interior: (44) “Hija mía, quisiera abrazarte pero no lo puedo hacer, no hay espacio, estoy inmóvil, no lo puedo hacer; quisiera ir a ti pero no puedo caminar. Por ahora abrázame y ven tú a Mí, después cuando salga del seno materno iré Yo a ti”. (45) Pero mientras con mi fantasía me lo abrazaba, me lo estrechaba fuertemente a mi corazón, una voz interior me decía: (46) “Basta por ahora hija mía, y pasa a considerar el quinto exceso de mi Amor”. (47) 5º.- Entonces la voz interior seguía: “Hija mía, no te alejes de Mí, no me dejes solo, mi Amor quiere compañía, este es otro exceso de mi Amor el no querer estar solo. ¿Pero sabes tú de quién quiere esta compañía? De la criatura. Mira, en el seno de mi Mamá, Conmigo están todas las criaturas concebidas junto Conmigo. Yo estoy con ellas Libro de Cielo Volumen 01 45 todo amor, quiero decirles cuánto las amo, quiero hablar con ellas para decirles mis alegrías y mis dolores, para decirles que he venido en medio de ellas para hacerlas felices, para consolarlas, y que estaré en medio de ellas como su hermanito dando a cada una todos mis bienes, mi reino, a costa de mi muerte. Quiero darles mis besos, mis caricias; quiero entretenerme con ellas, pero, ay, cuántos dolores me dan, quién me huye, quién se hace la sorda y me reduce al silencio, quién desprecia mis bienes y no se preocupan de mi reino y corresponden mis besos y caricias con el descuido y el olvido de Mí, y mi entretenimiento lo convierten en amargo llanto. ¡Oh, cómo estoy solo, a pesar de estar en medio de tantos! ¡Oh, cómo me pesa mi soledad! no tengo a quien decir una palabra, con quien hacer un desahogo de amor; estoy siempre triste y taciturno, porque si hablo no soy escuchado. ¡Ah, hija mía, te pido, te suplico que no me dejes solo en tanta soledad! dame el bien de hacerme hablar con escucharme, presta oídos a mis enseñanzas, Yo soy el maestro de los maestros. Cuántas cosas quiero enseñarte. Si me escuchas me harás dejar de llorar y me entretendré contigo, ¿no quieres tú entretenerte Conmigo?”. Y mientras me abandonaba en Él, compadeciéndolo en su soledad, la voz interior continuaba: (48) “Basta, basta, pasa a considerar el 6º exceso de mi Amor”. (49) 6º.- “Hija mía, ven, ruega a mi amada Mamá que te haga un lugarcito en su seno materno, a fin de que tú misma veas el estado doloroso en el cual me encuentro”. (50) Entonces me parecía con el pensamiento, que nuestra Reina Mamá, para contentar a Jesús me hacía un pequeño lugar y me ponía dentro. Pero era tal y tanta la oscuridad que no lo veía, sólo oía su respiro y Él en mi interior seguía diciéndome: (51) “Hija mía, mira otro exceso de mi Amor. Yo soy la luz eterna, el sol es una sombra de mi luz, pero ve adonde me ha conducido mi Amor, en qué oscura prisión estoy, no hay ni un rayo de luz, siempre es noche para Mí, pero noche sin estrellas, sin reposo, siempre despierto, ¡qué pena!, la estrechez de la prisión, sin poderme mínimamente mover, las tinieblas tupidas; hasta el respiro, respiro por medio del respiro de mi Mamá, ¡oh, cómo es cansado! Y además, agrega las tinieblas de las culpas de las criaturas, cada culpa era una noche para Mí, las que uniéndose juntas formaban un abismo de oscuridad sin confines. ¡Qué pena! ¡oh exceso de mi Amor, hacerme pasar de una inmensidad de luz, de amplitud, a una profundidad de densas tinieblas y de tales estrecheces, hasta faltarme la libertad del respiro, y esto, todo por amor de las criaturas!” (52) Y mientras esto decía gemía, casi con gemidos sofocados por falta de espacio, y lloraba. Yo me deshacía en llanto, le agradecía, lo compadecía, quería hacerle un poco de luz con mi amor como Él me decía, ¿pero quién puede decirlo todo? La misma voz interna agregaba: (53) “Basta por ahora. Pasa al séptimo exceso de mi Amor”. (54) 7º.- La voz interior continuaba: “Hija mía, no me dejes solo en tanta soledad y en tanta oscuridad, no salgas del seno de mi Mamá para que veas el séptimo exceso de mi Amor. Escúchame, en el seno de mi Padre Celestial Yo era plenamente feliz, no había bien que no poseyera, alegría, felicidad, todo estaba a mi disposición; los ángeles reverentes me adoraban y estaban a mis órdenes. Ah, el exceso de mi Amor, podría decir que me hizo cambiar fortuna, me restringió en esta tétrica prisión, me despojó de todas mis alegrías, felicidad y bienes para vestirme con todas las infelicidades de las criaturas, y todo esto para hacer el cambio, para dar a ellas mi fortuna, mis alegrías y mi felicidad eterna. Pero esto habría sido nada si no hubiera encontrado en ellas suma ingratitud y obstinada perfidia. Oh, cómo mi Amor eterno quedó sorprendido ante tanta ingratitud y lloró la obstinación y perfidia del hombre. La ingratitud fue la espina más punzante que me traspasó el corazón desde mi concepción hasta el último instante de mi Vida, hasta mi muerte. Mira mi corazoncito, está herido y gotea sangre. ¡Qué pena! ¡Qué dolor siento! Hija mía, no seas ingrata; la ingratitud es la pena más dura para tu Jesús, es cerrarme en la cara las puertas para dejarme afuera, aterido de frío. Pero ante tanta ingratitud mi Amor no se detuvo y se puso en actitud de Amor suplicante, orante, gimiente y mendigante, y éste es el octavo exceso de mi Amor”. Libro de Cielo Volumen 01 46 (55) 8º.- “Hija mía, no me dejes solo, apoya tu cabeza sobre el seno de mi amada Mamá, porque también desde afuera oirás mis gemidos, mis súplicas, y viendo que ni mis gemidos ni mis súplicas mueven a compasión de mi Amor a la criatura, me pongo en actitud del más pobre de los mendigos y extendiendo mi pequeña manita, pido por piedad, al menos a título de limosna sus almas, sus afectos y sus corazones. Mi Amor quería vencer a cualquier costo el corazón del hombre, y viendo que después de siete excesos de mi Amor permanecía reacio, se hacía el sordo, no se ocupaba de Mí ni se quería dar a Mí, mi Amor quiso ir más allá, debería haberse detenido, pero no, quiso salir más allá de sus límites, y desde el seno de mi Mamá Yo hacía llegar mi voz a cada corazón con los modos más insinuantes, con los ruegos más fervientes, con las palabras más penetrantes. ¿Pero sabes qué les decía? “Hijo mío, dame tu corazón, todo lo que tú quieras Yo te daré con tal que me des a cambio tu corazón; he descendido del Cielo para tomarlo, ¡ah, no me lo niegues! ¡no defraudes mis esperanzas!” Y viéndolo reacio, y que muchos me volteaban la espalda, pasaba a los gemidos, juntaba mis pequeñas manitas y llorando, con voz sofocada por los sollozos le añadía: “¡Ay, ay! soy el pequeño mendigo, ¿ni siquiera de limosna quieres darme tu corazón?” ¿No es esto un exceso más grande de mi Amor, que el Creador para acercarse a la criatura tome la forma de un pequeño niño para no infundirle temor, y pida al menos como limosna el corazón de la criatura, y viendo que ella no se lo quiere dar ruega, gime y llora?”. (56) Después me decía: “¿Y tú no quieres darme tu corazón? ¿Tal vez también tú quieres que gima, que ruegue y llore para que me des tu corazón? ¿Quieres negarme la limosna que te pido?”. (57) Y mientras esto decía oía como si sollozara, y yo le dije: “Mi Jesús, no llores, te dono mi corazón y toda yo misma”. Entonces la voz interna continuaba: “Sigue más adelante, y pasa al noveno exceso de mi Amor”. (58) 9º.- “Hija mía, mi estado es siempre más doloroso, si me amas, tu mirada tenla fija en Mí, para que veas si puedes dar a tu pequeño Jesús algún consuelo, una palabrita de amor, una caricia, un beso, que dé tregua a mi llanto y a mis aflicciones. Escucha hija mía, después de haber dado ocho excesos de mi Amor, y que el hombre tan malamente me correspondió, mi Amor no se dio por vencido, y al octavo exceso quiso agregar el noveno, y este fueron las ansias, los suspiros de fuego, las llamas de los deseos de que quería salir del seno materno para abrazar al hombre, y esto reducía a mi pequeña Humanidad aun no nacida a una agonía tal que estaba a punto de dar mi último respiro. Y mientras estaba por darlo, mi Divinidad que era inseparable de Mí, me daba sorbos de vida, y así retomaba de nuevo la vida para continuar mi agonía y volver a morir nuevamente. Este fue el noveno exceso de mi Amor, agonizar y morir continuamente de amor por la criatura. ¡Oh, qué larga agonía de nueve meses! ¡Oh, cómo el amor me sofocaba y me hacía morir! Y si no hubiera tenido la Divinidad Conmigo, que me daba continuamente la vida cada vez que estaba por morir, el amor me habría consumado antes de salir a la luz del día”. Después agregaba: (59) “Mírame, escúchame como agonizo, como mi pequeño corazón late, se afana, arde; mírame, ahora muero”. (60) Y hacía un profundo silencio. Yo me sentía morir, se me helaba la sangre en las venas y temblando le decía: “Amor mío, Vida mía, no mueras, no me dejes sola, Tú quieres amor y yo te amaré, no te dejaré más, dame tus llamas para poderte amar más y consumarme toda por Ti”

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