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domingo, 6 de diciembre de 2020

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Volumen 01 15 

Luisa es escogida como víctima. 

Confesores (103) “Acércate a besar las llagas de mi Hijo, Él te escoge como víctima, y si tantos lo ofenden, tú ofreciéndote a sufrir lo que Él sufre le darás un alivio en tanto sufrir, ¿no lo aceptas?” (104)Yo me sentía tan aniquilada, me veía tan mala (como lo soy todavía) e indigna, que no osaba decir “sí”. Mi naturaleza temblaba, me sentía tan débil por las penas pasadas, que apenas me quedaba un hilo de vida. Además, no sé como, de lejos veía a los demonios que alborotaban tanto, hacían mucho ruido, y veía que todo lo que había visto que le habían hecho al Señor debían hacérmelo a mí si aceptaba. En mí misma sentía tales penas, dolores, estiramientos de nervios, que creí que dejaría la vida. Finalmente me acerqué y le besé las llagas, parecía que al hacerlo aquellos miembros tan lacerados se curaban, y el Señor que antes parecía casi muerto empezaba a reanimarse a nueva vida. Internamente recibía tales luces sobre las ofensas que se cometen, atracciones para aceptar ser víctima aunque debiese sufrir mil muertes, porque el Señor todo merecía, y que yo no podría oponerme a lo que Él quería. Esto sucedía mientras estábamos en silencio, pero aquellas miradas que mutuamente nos dábamos eran tantas invitaciones, tantas saetas ardientes que me traspasaban el corazón. Especialmente la Santísima Virgen me incitaba a aceptar, ¿pero quién puede decir todo lo que pasé? Finalmente el Señor mirándome benignamente me dijo: (105) “Tú has visto cuánto me ofenden y cuántos caminan por los caminos de la iniquidad, y sin advertirlo se precipitan en el abismo. Ven a ofrecerte ante la Divina Justicia como víctima de reparación por las ofensas que se hacen y por la conversión de los pecadores, que a ojos cerrados beben en la fuente envenenada del pecado. Un inmenso campo se abre ante ti, de sufrimientos, sí, pero también de gracias; Yo no te dejaré más, vendré en ti a sufrir todo lo que me hacen los hombres, haciéndote participar de mis penas. Como ayuda y consuelo te doy a mi Madre”. (106) Y parecía que me entregaba a Ella, y Ella me aceptaba. Yo también me ofrecí toda a Él y a la Virgen, dispuesta a hacer lo que Él quería, y así terminó la primera vez. (107) Después de que me recobré de aquél estado, sentía tales penas, tal aniquilamiento de mí misma, que me veía como un miserable gusano que no sabía hacer más que arrastrarse por tierra, y decía al Señor: “Ayuda, tu Omnipotencia me aterra, veo que si Tú no me levantas, mi nada se deshace y va a dispersarse. Dame el sufrir, pero te ruego me des la fuerza, porque me siento morir”. Y así empezó un alternarse de visitas de Nuestro Señor y de tormentos por parte de los demonios; por cuanto más me resignaba, tanto más aumentaba su rabia. (108) Pocos días después de lo dicho anteriormente, sentí de nuevo perder los sentidos (recuerdo que al principio, cada vez que me sucedía esto creía que debía dejar la vida). Mientras perdí los sentidos se hizo ver otra vez Nuestro Señor con la corona de espinas en la cabeza, todo chorreando sangre, y dirigiéndose a mí dijo: (109) “Hija, mira lo que me hacen los hombres; en estos tristes tiempos es tanta su soberbia que han infestado todo el aire, y es tanta la peste que por todas partes se esparce, tanto, que ha llegado hasta mi trono en el empíreo. Hacen de tal modo que ellos mismos se cierran el Cielo; los miserables, no tienen ojos para ver la verdad porque están ofuscados por el pecado de la soberbia, con el cortejo de los demás vicios que llevan consigo. Ah, dame un alivio a tan acerbos dolores y una reparación a tantas ofensas que me hacen”. (110) Diciendo esto se quitó la corona, que no parecía corona sino toda una madeja, de modo que ni siquiera una mínima parte de la cabeza quedaba libre, sino que toda era traspasada por aquellas espinas. Mientras se quitó la corona se acercó a mí y me preguntó si la aceptaba. Yo me sentía tan aniquilada, sentía tales penas por las ofensas que se le hacen, que me sentía destrozar el corazón y le dije: “Señor, haz de mí lo que quieras”. Y así lo hizo y me la hundió sobre mi cabeza y desapreció.  Volumen 01 16 (111) ¿Quién puede decir el dolor que sentí al volver en mí misma? A cada movimiento de la cabeza creía expirar, tantos eran los dolores, las pinchaduras que sentía en la cabeza, en los ojos, en las orejas, detrás en la nuca, aquellas espinas me las sentía penetrar hasta en la boca, y ésta se me apretaba de tal modo que no podía abrirla para tomar el alimento, y estaba a veces dos y a veces tres días sin poder tomar nada. Cuando de algún modo se mitigaban, sentía sensiblemente una mano que me oprimía la cabeza y me renovaba las penas, y a veces eran tantos los dolores que perdía los sentidos. Al principio esto sucedía algunos días sí y otros no, de vez en cuando se repetía tres o cuatro veces al día, a veces duraba un cuarto de hora, otras veces media hora y otras una hora, y después quedaba libre, sólo que me sentía muy débil y sufriente, en la medida en que en aquel estado de adormecimiento me habían sido comunicadas las penas, así quedaba más o menos sufriente. (112) Recuerdo también como algunas veces por los sufrimientos de la cabeza, como dije arriba, no podía abrir la boca para tomar el alimento, y como la familia sabía que no tenía ganas de estar en el campo, cuando veían que no comía lo atribuían a un capricho mío, y naturalmente se enojaban, se inquietaban y me reprendían. Mi naturaleza quería resentirse por esto, porque veía que no era verdad lo que ellos decían, pero el Señor no quería este resentimiento, y he aquí como sucedió: (113) Una noche, mientras estábamos a la mesa y yo en este estado de no poder abrir la boca, la familia empezó a inquietarse, yo lo sentía tanto que comencé a llorar, y para no ser vista me levanté y me fui a otra habitación para seguir llorando, y le pedía a Jesucristo y a la Virgen Santísima que me dieran ayuda y fuerza para soportar esa prueba, pero mientras esto hacía sentí que empezaba a perder los sentidos. ¡Oh Dios, qué pena el solo pensar que la familia me vería, siendo que hasta entonces no lo había advertido! Mientras estaba en esto le decía: “Señor, no permitas que me vean”. Y yo tenía tal vergüenza de que me vieran, aunque no sé decir por qué, y trataba por cuanto más podía de esconderme en lugares donde no podía ser vista; cuando era sorprendida imprevistamente por ese estado, de modo que no tenía tiempo de esconderme o al menos de arrodillarme, porque en la posición en que me encontraba así quedaba, y podrían decir que estaba rezando, entonces me descubrían. Mientras perdí los sentidos se hizo ver Nuestro Señor en medio de muchos enemigos que le lanzaban toda clase de insultos, especialmente lo agarraban y lo pisoteaban bajo los pies, lo blasfemaban, le jalaban los cabellos; me parecía que mi buen Jesús quería huir de debajo de aquellos fétidos pies e iba buscando una mano amiga que lo liberara, pero no encontraba a nadie. Mientras esto veía, yo no hacía otra cosa que llorar sobre las penas de mi Señor, hubiera querido ir en medio de esos enemigos, tal vez podría liberarlo, pero no me atrevía y le decía: “Señor, hazme participar en tus penas. ¡Ah, si pudiera aliviarte y liberarte!” Mientras esto decía, aquellos enemigos, como si hubieran entendido, se venían contra mí, pero tan enfurecidos que empezaron a golpearme, a jalarme los cabellos, a pisotearme, yo tenía gran temor, sufría, sí, pero dentro de mí estaba contenta porque veía que daba al Señor un poco de tregua. Después aquellos enemigos desaparecían y yo quedé sola con mi Jesús. Traté de compadecerlo pero no me atrevía a decirle nada, y Él rompiendo el silencio me dijo: (114) “Todo lo que tú has visto es nada en comparación de las ofensas que continuamente me hacen, es tanta su ceguera, el entregarse a las cosas terrenas, que llegan a volverse no sólo crueles enemigos míos, sino también de ellos mismos, y como sus ojos están fijos en el fango, por eso llegan a despreciar lo eterno. ¿Quién me reparará por tanta ingratitud? ¿Quién tendrá compasión de tanta gente que me cuesta sangre y que vive casi sepultada en la mugre de las cosas terrenas? Ah, ven y reza, llora junto Conmigo por tantos ciegos que son todo ojos para todo lo que sabe a tierra, y desprecian y pisotean mis gracias bajo sus inmundos pies, como si éstas fueran fango. Ah, elévate sobre todo lo que es tierra, aborrece y desprecia todo lo que a Mí no pertenece, no te importen las burlas que recibas de la familia después de que me has visto sufrir tanto, sólo te importe mi honor, las ofensas que continuamente me hacen y la pérdida de tantas almas. Ah, no me dejes solo en medio de tantas penas que me destrozan el corazón, todo lo que tú sufres ahora es Libro de Cielo Volumen 01 17 poco en comparación con las penas que sufrirás, ¿no te he dicho siempre que lo que quiero de ti es la imitación de mi Vida? Mira cuán desemejante eres de Mí, por eso ánimo y no temas”. (115) Después de esto volví en mí misma y me di cuenta que estaba rodeada por la familia, todos lloraban y estaban alarmados y tenían tal temor de que se repitiera ese estado, pensando que moriría, que decidieron volver a Corato lo más pronto posible para hacerme observar por los médicos. No sé decir por qué sentía tanta pena al pensar que debía ser examinada por los médicos, muchas veces lloraba y me lamentaba con el Señor diciéndole: “Cuántas veces, oh Señor, te he rogado que me hagas sufrir ocultamente, esto era mi único contento, y ahora también de esto estoy privada. ¡Ah! Dime, ¿cómo haré? Sólo Tú puedes ayudarme y consolarme en mi aflicción, ¿no ves tantas cosas que dicen? Unos piensan de un modo y otros de otro, quien quiere aplicarme un remedio y quien otro, son todo ojos sobre mí, de modo que no tengo más paz. Ah, socórreme en tantas penas, porque me siento faltar la vida”. Y el Señor benignamente agregó: (116) “No quieras afligirte por esto, lo que quiero de ti es que te abandones como muerta entre mis brazos. Hasta en tanto tú tengas los ojos abiertos para ver lo que Yo hago y lo que hacen y dicen las criaturas, Yo no puedo libremente obrar sobre ti. ¿No quieres fiarte de Mí? ¿No sabes cuánto te amo y que todo lo que permito, o por medio de las criaturas o por medio de los demonios, o por medio mío directamente, es para tu verdadero bien y no sirve para otra cosa que para conducir a tu alma al estado para el cual la he elegido? Por eso quiero que a ojos cerrados te estés entre mis brazos, sin mirar ni investigar esto o aquello, fiándote enteramente de Mí y dejándome obrar libremente. Si en cambio quieres hacer lo contrario, perderás tiempo y llegarás a lo opuesto de lo que quiero hacer de ti. Respecto a las criaturas usa un profundo silencio, sé benigna y dócil con todos, haz que tu vida, tu respiro, tus pensamientos y afectos, sean continuos actos de reparación que aplaquen mi Justicia, ofreciéndome también las molestias que te dan las criaturas, que no serán pocas”. (117) Después de esto hice cuanto más pude para resignarme a la Voluntad de Dios, si bien muchas veces era puesta en tales aprietos por parte de las criaturas, que a veces no hacía otra cosa que llorar. Llegó el momento de recibir la visita del médico, y juzgó que mi estado no era otra cosa que un problema nervioso, por lo que recetó medicinas, distracciones, paseos, baños fríos, recomendó a la familia que me cuidaran bien cuando era sorprendida por aquel estado, porque, les decía, si la mueven, la pueden lastimar en vez de ayudarla, porque yo cuando era sorprendida por ese estado quedaba petrificada. (118) Entonces empezó una guerra por parte de la familia, me impedían ir a la iglesia, no me daban ya la libertad de quedarme sola, era observada continuamente, por lo que frecuentemente advertían que caía en ese estado. Muchas veces me lamentaba con el Señor diciéndole: (119) “Mi buen Jesús, cuánto han aumentado mis penas, hasta de las cosas más amadas estoy privada, como son los Sacramentos. Jamás pensé que debía llegar a esto, quién sabe donde iré a terminar. ¡Ah! Dame ayuda y fuerza, porque mi naturaleza desfallece”. Muchas veces se dignaba bondadosamente decirme algunas palabras, por ejemplo: (120) “Yo soy tu ayuda, ¿de qué temes? ¿No recuerdas que también Yo sufrí de parte de toda clase de gente? Unos pensaban de Mí de un modo, y otros de otro, las cosas más santas que Yo hacía eran juzgadas por ellos como defectuosas, malas, hasta me dijeron que era un endemoniado, tanto que me veían con ojos siniestros, me tenían entre ellos pero de mala gana, y maquinaban entre ellos quitarme la vida lo más pronto posible, porque mi presencia se había vuelto intolerable para ellos. Entonces, ¿no quieres que te haga semejante a Mí haciéndote sufrir por parte de las criaturas?”. (121) Y así pasé algunos años sufriendo por parte de las criaturas, de los demonios y directamente de Dios, a veces llegaba a tanta amargura por parte de las criaturas, y por el modo como pensaban, que tenía vergüenza de que me viera cualquier persona, tanto, que mi más grande sacrificio era aparecer en medio a las personas; tanta era la vergüenza y la Libro de Cielo Volumen 01 18 confusión que me sentía atontada. Hubo otras visitas de otros médicos, pero no sirvieron para nada, a veces derramando amargas lágrimas le decía con todo el corazón: “Señor, como se han vuelto públicos mis sufrimientos, ahora no sólo la familia lo sabe sino también los extraños me veo toda cubierta de confusión, me parece que todos me señalan con el dedo, como si estos sufrimientos fueran las más malas acciones, yo misma no sé decir qué cosa me sucede. ¡Ah! Sólo Tú puedes liberarme de tal publicidad y hacerme sufrir ocultamente. Te lo pido, te lo suplico, escúchame favorablemente”. (122) A veces también el Señor mostraba no escucharme y aumentaban mis penas, otras veces me compadecía diciéndome: (123) “Pobre hija, ven a Mí que te quiero consolar, tú tienes razón en que sufres, pero es que no recuerdas, que también Yo, oh, cuánto más sufrí. Hasta cierto momento mis penas fueron ocultas, pero cuando llegó la Voluntad del Padre de sufrir en público, rápidamente salí a encontrar confusiones, oprobios, desprecios, hasta ser despojado de mis vestidos, estar desnudo en medio a un pueblo numerosísimo, ¿podrías tú imaginar confusión más grande que ésta? Mi naturaleza sentía mucho esta clase de sufrimientos, pero tenía los ojos fijos a la Voluntad del Padre, y ofrecía esas penas en reparación de tantos que cometen las más nefandas acciones públicamente, ante los ojos de muchos, vanagloriándose sin la más mínima vergüenza, y le decía: “Padre, acepta mis confusiones y mis oprobios en reparación de tantos que tienen la desfachatez de ofenderte tan libremente sin el mínimo disgusto; perdónalos, dales luz a fin de que vean la fealdad del pecado y se conviertan”. También a ti te quiero hacer partícipe de esta clase de sufrimientos. ¿No sabes tú que los más bellos regalos que puedo dar a las almas que amo son las cruces y las penas? Tú eres niña aún en el camino de la cruz, por eso te sientes demasiado débil, cuando hayas crecido y hayas conocido cuán precioso es el sufrir, entonces te sentirás más fuerte. Por eso apóyate en Mí, repósate porque así adquirirás fuerza”. (124) Después de que pasé algún tiempo en este estado descrito arriba, cerca de seis o siete meses, los sufrimientos se acrecentaron más, tanto que me vi obligada a estarme en la cama, frecuentemente se multiplicaba aquel estado de perder los sentidos, y casi no tenía ni siquiera una hora libre, me reduje a un estado de extrema debilidad, la boca se apretaba de tal modo que no la podía abrir y en algún momento libre que tenía apenas algunas gotas de algún líquido podía tomar, si es que lo conseguía, y después era obligada a devolverlo por los continuos vómitos que he tenido siempre. Después de que estuve como dieciocho días en este estado continuo, se mandó llamar al confesor para confesarme. Cuando vino el confesor me encontró en ese estado de letargo. Cuando me recuperé me preguntó qué cosa tenía, solamente le dije, callando todo el resto, y como continuaban las molestias de los demonios y las visitas de Nuestro Señor, entonces le dije: “Padre, es el demonio”. Él me dijo que no tuviera miedo, porque no es el demonio, y si es él, el sacerdote te libera. Así dándome la obediencia y persignándome con la cruz y ayudándome a mover los brazos, porque sentía todo el cuerpo petrificado como si se hubiera convertido todo en una sola pieza, logró que los brazos recobraran el movimiento, logró hacer que la boca se abriera luego de que estaba inmóvil para todo. Esto lo atribuí a la santidad de mi confesor, que en verdad era un santo sacerdote, lo consideré casi un milagro, tanto que decía entre mí misma: “Mira, estabas a punto de morir”. Porque en realidad me sentía mal, y si hubiese durado aquel estado, yo creo que habría dejado la vida. Si bien recuerdo que estaba resignada y cuando me vi liberada sentí un cierto pesar porque no había muerto. (125) Después de que el confesor se fue, y yo quedé libre volví al mismo estado de antes, y así sucedía que pasaba, a veces semanas, a veces quince días y hasta meses en que era sorprendida de vez en cuando por aquel estado durante el día, pero por mí misma lograba liberarme; después cuando era sorprendida con más frecuencia, como dije más arriba, entonces los familiares mandaban llamar al confesor, pues habían visto que la primera vez había quedado liberada por él, cuando todos creían que no me habría de recuperar más de aquel estado, y en cambio hasta pude ir a la iglesia, debido a esto  Volumen 01 19 llamaban al confesor y entonces quedaba libre. Nunca me pasó por la mente que para tal estado se necesitara el sacerdote para liberarme, ni que mi mal fuera una cosa extraordinaria; es cierto que cuando perdía los sentidos veía a Jesucristo, pero esto lo atribuía a la bondad de Nuestro Señor y decía para mí misma: “Mira cuán bueno es el Señor hacia mí, que en este estado de sufrimientos viene a darme la fuerza, de otra manera ¿cómo podría sostenerme, quién me daría la fuerza?” También es cierto que cuando debía caer en ese estado, en la mañana en la Comunión Jesús me lo decía, y cayendo en ese estado de Él mismo me venían los sufrimientos, pero no le daba importancia a nada. Con sólo pensar alguna vez en decirlo al confesor yo creía ser el alma más soberbia que existiera en el mundo si me atrevía a hablar de estas cosas de ver a Jesucristo; y sentía tal vergüenza que fue imposible decir algo a ese confesor a pesar de lo bueno y santo que era. Tan es verdad, que no creía que se necesitara al sacerdote para liberarme y que esto sucedía por la santidad del confesor, que cuando llegó el tiempo, él se fue al campo, entonces una mañana, después de la Comunión el Señor me hizo entender que debía ser sorprendida por ese estado, me invitó a hacerle compañía con participar en sus penas, pero yo súbito le dije: “Señor, ¿cómo haré? El confesor no está, ¿quién me debe liberar? ¿Quieres acaso hacerme morir?” Y el Señor me dijo solamente: (126) “Tu confianza debe estar sólo en Mí, estate resignada, pues la resignación hace al alma luminosa, hace estar en su lugar a las pasiones, de modo que Yo, atraído por esos rayos de luz, voy al alma y la uniformo toda en Mí, y la hago vivir de mi misma Vida”. (127) Yo me resigné a su Santa Voluntad, ofrecí aquella Comunión como la última de mi vida, le di el último adiós a Jesús en el Sacramento, y si bien estaba resignada, pero mi naturaleza lo sentía tanto, que todo aquel día no hice otra cosa que llorar y pedir al Señor que me diese la fuerza. En verdad me resultó demasiado amargo todo ese hecho, y sin pensarlo ni saberlo me encontré con una nueva y pesada cruz que creo que haya sido la más pesada que he tenido en mi vida. Mientras estaba en aquel estado de sufrimientos, yo no pensaba en otra cosa más que en morir y en hacer la Voluntad de Dios. Los familiares, que también sufrían al verme en aquel estado, trataron de llamar algún sacerdote, pero ninguno quiso venir, uno por una cosa, y otro por otra; después de diez días vino el sacerdote que me confesaba cuando era pequeña, y sucedió que también él me hizo salir de ese estado, y entonces me di cuenta de la red en la que el Señor me había envuelto. (128) De aquí me vino una guerra por parte de los sacerdotes, quién decía que era fingimiento, quién que se necesitaban los palos, otros que quería pasar por santa, quién agregaba que estaba endemoniada y muchas otras cosas, que decirlas todas sería hacer demasiado larga la historia. Con estas ideas en sus mentes, cuando sucedían los sufrimientos y la familia mandaba llamar a alguno, no querían venir, diciendo todas aquellas cosas, y la pobre familia ha sufrido mucho, especialmente mi pobre mamá, cuántas lágrimas ha derramado por mí. ¡Ah! Señor, recompénsala Tú. ¡Oh mi buen Señor, cuánto he sufrido desde entonces, sólo Tú sabes todo! (129) Quién puede decir cuán amargo me resultó este hecho, que para liberarme de ese estado de sufrimientos se necesitaba al sacerdote ¡Cuántas veces he pedido derramando lágrimas amarguísimas, que me libere de esto! Muchas veces hice positivas resistencias al Señor cuando Él quería que me ofreciera como víctima, y aceptara las penas, y le decía: “Señor, prométeme que Tú mismo me liberarás, y entonces acepto todo, de otra manera no, no quiero aceptar”. Y resistía el primer día, el segundo, el tercero, ¿pero quién puede resistir a Dios? Me insistía tanto que al fin me veía obligada a someterme a la cruz. Otras veces le decía de corazón y con confianza: “Señor, ¿cómo es que haces esto? ¿Cómo es que entre Tú y yo, has querido poner a un tercero? Y este tercero no quiere prestarse. Mira, podríamos estar muy contentos Tú y yo solos. Cuando me querías para sufrir, yo inmediatamente aceptaba, porque sabía que Tú mismo me debías liberar, pero ahora no, se necesita otra mano, Te ruego, libérame, pues así estaremos ambos más contentos”. (130) A veces fingía no escucharme y no me decía nada, otras veces me decía: Libro de Cielo Volumen 01 20 (131) “No temas, Yo soy quien da las tinieblas y la luz, vendrá el tiempo de la luz, es mi costumbre que mis obras las manifiesto por medio de los sacerdotes”. (132) Así pasé tres o cuatro años de estas contradicciones por parte de los sacerdotes, muchas veces me sujetaban a pruebas durísimas, llegaban a dejarme en ese estado de sufrimientos, esto es petrificada, incapaz de cualquier mínimo movimiento, ni siquiera de poder tomar una gota de agua, hasta dieciocho días cuando así lo querían. Sólo el Señor sabe lo que yo pasaba en ese estado, y luego cuando venían no tenía ni siquiera el bien de oír: “Ten paciencia, haz la Voluntad de Dios”. Sino que era reprendida como una caprichosa y desobediente. ¡Oh Dios, qué pena!, cuántas lágrimas he derramado; cuántas veces pensaba que era desobediente y decía entre mí: “Cómo esa virtud de la obediencia que para el Señor es la más agradable está tan lejana de mí, ¿qué cosa puede hacer y esperar de bien un alma desobediente?” Muchas veces me lamentaba con Nuestro Señor y a veces llegaba hasta resentirme, y cuando Él quería que aceptara los sufrimientos, yo resistía cuanto más podía. Pero el Señor cuando veía que empezaba a resistir hacía ver que no me ponía atención y no me decía nada más, y luego de improviso venía a sorprenderme. Lo que después decía el confesor es porque no quería que cayera en aquel estado, pero esto no estaba en mi poder, es verdad que he sido desobediente, y que jamás he sido buena para nada. Pero recuerdo también que la pena más dolorosa para mí era el no poder obedecer. (133) En este periodo de tiempo, recuerdo que hubo una epidemia de cólera, y que un día que pedía a mi buen Jesús que hiciera cesar ese flagelo, Él me dijo: (134) “Te contentaré con tal que aceptes ofrecerte a sufrir lo que Yo quiera”. (135) Yo le dije: “Señor, no, no puedo, Tú sabes como la piensan, a menos que todo pase sólo entre Tú y yo, sólo así estaría dispuesta a aceptar todo”. (136) Y Él me dijo: “Hija mía, si Yo hubiera pensado en lo que los hombres pensaban y en lo que querían hacer de Mí, no habría hecho la Redención del género humano, pero yo tenía mi mirada fija en su salvación, y el amor grande que me devoraba me hacía hacer que cuando veía personas que pensaban mal de Mí y que daban ocasión de hacerme sufrir más, Yo ofrecía esas mismas penas que ellos me daban por su misma salvación. ¿Te has olvidado que lo que quiero de ti es la imitación de mi Vida, y que quiero que participes en todo lo que sufrí? ¿No sabes tú que el acto más bello, más heroico, y más agradable a Mí y que debes ofrecerme, es el de ofrecerte por aquellos mismos que te son contrarios?”. (137) Yo quedé muda, no supe qué responderle, acepté todo lo que el Señor quería, y así hasta la tarde fui sorprendida por ese estado de sufrimientos en el que estuve tres días continuos, y después que volví en mí no oí más que hubiera cólera. (138) Después de esto me vino otra mortificación, y fue la de tener que cambiar confesor, porque siendo él religioso fue llamado al convento. Yo estaba contenta con él, y la mayor parte de las cosas dichas arriba sucedían cuando él estaba en el campo, especialmente el último año que fue mi confesor, pues por el cólera que había en la ciudad permaneció seis meses en el campo; por eso no participó tanto en esas cosas, él me hacía estar un día en ese estado de sufrimientos y venía. Después de volver del campo no pasó ni un mes cuando supo que debía irse; esto fue doloroso para mí, no porque estuviera apegada a él, sino por la necesidad que tenía. Entonces dije al Señor mi pena, y Él me dijo: (139) “No te aflijas por esto, Yo soy el dueño de los corazones, y puedo moverlos como a Mí me parece y me place. Si él te ha hecho el bien no ha sido más que un instrumento que recibía de Mí y te lo daba a ti, así haré con los demás, ¿de qué temes entonces? Amada mía, mientras tú tengas tu mirada puesta, ahora a la derecha, ahora a la izquierda, y la dejes que se pose ahora en una cosa, ahora en otra, y no la mantengas fija en Mí, no podrás caminar libremente el camino del Cielo, sino que irás siempre tropezando y no podrás seguir el influjo de la gracia. Por eso quiero que con santa indiferencia mires todas las cosas que suceden en torno a ti, estando toda atenta solamente a Mí”. (140) Después de estas palabras mi corazón adquirió tanta fuerza, que poco o nada sufrí por la pérdida de ese confesor que tanto bien había hecho a mi alma. Así fue como cambié confesor y volví al que me confesaba cuando era pequeña. Sea siempre bendito el Volumen 01 21 Señor, que se sirve de esos mismos caminos que a nosotros nos parecen contrarios y que casi como que deberían llevar un daño a nuestra alma, para nuestro mayor bien y para su gloria. Así sucedió que comencé a abrirle a él mi alma, porque hasta ese momento no había dicho nada a ninguno, por cuanto me dijeran no lo lograba, más bien más impotente me veía para decir las cosas de mi interior, era tanta la vergüenza que sentía al solo pensar en decir estas cosas, que me era más fácil decir los más feos pecados. De dónde procedía esto, no sé decirlo, por parte del confesor creo que no, porque él era muy bueno, me inspiraba confianza, era dulce y paciente para escuchar, tomaba cuidado detallado de mi alma, tenía la mirada en todo para que se pudiera caminar derecho. Por parte mía tampoco, porque sentía un obstáculo en mi alma y tenía toda la voluntad de vencerlo y de saber al menos como pensaba el confesor, pero me sentía imposibilitada para hacerlo. Yo creo que fue una permisión del Señor. (141) Entonces encontrándome con el nuevo confesor, empecé, poco a poco a abrir mi interior, el Señor muchas veces me ordenaba que manifestara al confesor lo que Él me decía, y cuando yo no lo hacía, el Señor me reprendía severamente y a veces llegaba a decirme que si no lo hacía, Él no vendría más; esto es para mí la pena más amarga, ante la cual todas las demás penas no me parecen más que hilos de paja; por eso, tanto era el temor de que no volviera más, que hacía cuanto más podía para manifestar mi interior. Es verdad que a veces me costaba mucho, pero el temor de perder a mi amado Jesús me hacía superar todo. Por parte del confesor también me veía empujada a decirle de donde procedía tal estado mío, qué cosa me sucedía cuando estaba en aquel adormecimiento y cuál era la causa; ahora me ordenaba manifestarlo, ahora me obligaba con precepto de obediencia, y luego me ponía delante el temor de que pudiese vivir en la ilusión y en el engaño, viviendo para mí misma, mientras que si lo manifestaba al sacerdote podría estar más segura y tranquila, y que el Señor no permite jamás que el sacerdote se engañe cuando el alma es obediente. Así, Jesucristo me empujaba por una parte y el confesor por la otra; a veces me parecía que se ponían de acuerdo entre ellos. Así pude llegar a manifestar mi interior. Esto no lo hacía el confesor anterior, no me hacía ninguna pregunta, no trataba de saber qué cosas me sucedían en aquel estado de adormecimiento, por lo que yo misma no sabía como empezar a hablar de estas cosas. El único cuidado que tomaba era que estuviese resignada, uniformada al Querer de Dios, que soportara la cruz que el Señor me había dado, tanto que si a veces me veía un poco fastidiada, experimentaba gran disgusto. (142) Después sucedió que pasé cerca de otro año con este confesor, en el mismo estado dicho arriba, pero como sabía de donde provenía ese estado de sufrimiento, me decía que cuando Jesucristo quisiera que me vinieran los sufrimientos, fuera a pedirle a él la obediencia para sufrir. Recuerdo que una mañana después de la comunión el Señor me dijo: (143) “Hija, son tantas las iniquidades que se cometen, que la balanza de mi Justicia está por desbordarse. Has de saber que pesados flagelos haré caer sobre los hombres, especialmente una feroz guerra en la cual haré masacre de la carne humana”. “Ah sí”, prosiguió casi llorando, “Yo he dado los cuerpos a los hombres a fin de que fueran tantos santuarios donde debía ir a deleitarme, pero los han cambiado en cloacas de inmundicias, y es tanta la peste que me obligan a estar lejos de ellos. Ve la recompensa que recibo ante tanto amor y tantas penas que he sufrido por ellos. ¿Quién ha sido tratado como Yo? Ah, ninguno, ¿pero quién es la causa? Es el tanto amor que les tengo. Por eso probaré con los castigos”. (144) Yo me sentía romper el corazón por el dolor, me parecía que eran tantas las ofensas que le hacían, que para huir quería esconderse en mí, como para encontrar refugio. Sentía también tal pena porque los hombres debían ser castigados, que me parecía que no ellos, sino yo misma debía sufrir, más bien me parecía que si yo hubiese podido, me habría sido más soportable sufrir yo todos aquellos castigos, antes que ver sufrir a los demás.

Volumen 01 22 (145) Traté de compadecerlo cuanto más pude y con todo el corazón le dije: “Oh Esposo Santo, evita los flagelos que tu Justicia tiene preparados, si la multiplicidad de las iniquidades de los hombres es grande, está el mar inmenso de tu sangre donde, puedes sepultarlas, y así tu Justicia quedará satisfecha. Si no tienes donde ir para deleitarte, ven en mí, te doy todo mi corazón, para que reposes, y te deleites con él, es verdad que también yo soy un lugar inmundo de vicios, pero Tú me puedes purificar y hacerme como Tú me quieres. Pero aplácate, si es necesario el sacrificio de mi vida, ah, de buena gana lo haré con tal de ver a tus mismas imágenes libradas”. Y el Señor interrumpiendo mi hablar continuó diciéndome: (146) “Precisamente esto es lo que quiero, si tú te ofreces a sufrir, no ya como hasta ahora, de vez en cuando, sino continuamente, cada día y por un corto tiempo, Yo libraré a los hombres. Mira como lo haré, te pondré entre mi Justicia y las iniquidades de las criaturas, y cuando mi Justicia se vea llena de las iniquidades, de modo que no pueda contenerlas y se vea obligada a mandar los flagelos para castigar a las criaturas, encontrándote tú en medio, en vez de golpearlos a ellos quedarás golpeada tú. Sólo de este modo podré contentarte en librar a los hombres, de otro modo, no”. (147) Yo quedé toda confundida, y no sabía qué decirle, mi naturaleza hacía su parte, se espantaba y temblaba, pero veía a mi buen Jesús que esperaba una respuesta, si aceptaba o no, entonces viéndome casi obligada a hablar le dije: “Oh Divinísimo Esposo mío, por parte mía estaría pronta a aceptar, pero cómo se arreglará por parte del confesor, si no quiere venir de vez en cuando, cómo será posible que quiera venir todos los días; libérame de esta cruz de necesitar al confesor para liberarme, y entonces todo quedará arreglado entre Tú y yo”. Entonces el Señor me dijo: (148) “Ve con el confesor y pídele la obediencia, si quiere le dirás todo lo que te he dicho y harás lo que él diga. Mira, no será solamente para bien de las criaturas por lo que quiero estos sufrimientos continuos, sino también para tu bien, en este estado de sufrimientos purificaré muy bien tu alma, de modo de disponerte a formar Conmigo un místico desposorio, y después de esto haré la última transformación, de modo que los dos seremos como dos velas que puestas en el fuego, una se transforma en la otra y se forma una sola, así transformaré a Mí en ti, y tú quedarás crucificada Conmigo. Ah, ¿no estarías contenta si pudieras decir: “El Esposo crucificado, pero también la esposa está crucificada? Ah sí, no hay ninguna cosa que me haga desemejante de Él”. (149) Entonces, cuando pude hablar con el confesor le dije todo lo que el Señor me había dicho, y como aquella palabra que el Señor me dijo: “Por un cierto tiempo”, sin decirme el tiempo preciso que debía estar continuamente sufriendo, yo la tomé como por cuarenta días, más o menos, pero ya han pasado cerca de doce años que continúo así, pero siempre sea bendito Dios, sean adorados siempre sus inescrutables juicios, yo creo que si el Señor bendito me hubiera hecho entender con claridad el tiempo que debía estar en cama, mi naturaleza se habría espantado mucho, y difícilmente se hubiera sometido, si bien recuerdo que he estado siempre resignada, pero entonces no conocía la preciosidad de la cruz como el Señor me la ha hecho conocer en el transcurso de estos doce años, ni el confesor hubiera accedido a darme la obediencia. Entonces así le dije al confesor, que por cuarenta días el Señor quería que me diera la obediencia de estar continuamente sufriendo, y también le dije lo demás. Con gran sorpresa mía, porque yo lo creía imposible, el confesor me dijo que si era verdaderamente Voluntad de Dios, él me daba la obediencia, que en realidad no era que él no pudiera venir, sino más bien un poco de respeto humano. Mi alma se alegró mucho porque podía contentar al Señor, y también librar a las criaturas, pero mi naturaleza se afligió mucho al recibir esta obediencia, tanto que por algunos días estuve muy afligida, también el alma la sentía pensativa porque debía estar tanto tiempo sin poder recibir a Jesús en el Sacramento, mi único consuelo; a veces sentía una guerra tan feroz en mí, que yo misma no sabía qué cosa me había sucedido, muchas cosas las agregaba el demonio, pero mi buen Jesús puso remedio a todo, y he aquí como sucedió. 

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