Volumen 01 5
(34) Y yo: “No, no, no quiero”.
(35) Y Él: “Pensemos en amarnos y en contentarnos mutuamente”.
(36) De ahí en adelante no pensé más en eso, hacía cuanto más podía por contentarlo
y le pedía que Él mismo me enseñase el modo como debía hacer para reparar el tiempo
pasado. Y Él me decía:
Imitación de su Vida. Imitación de la vida de Jesús.
(37) “Estoy pronto a hacer lo que tú quieres. Mira, la primera cosa que te dije que
quería de ti era la imitación de mi Vida, así que veamos qué cosa te falta”.
(38) “Señor”, le decía, “me falta todo, no tengo nada”.
(39) “Y bien”, me decía: “No temas, poco a poco haremos todo, Yo mismo conozco
cuán débil eres, pero es de Mí que debes tomar fuerza”. (No lo recuerdo en orden, pero
como pueda lo diré) Y agregaba:
Espíritu de rectitud.
(40) “Quiero que seas siempre recta en tu obrar, con un ojo me debes mirar a Mí y con
el otro debes mirar lo que estás haciendo; quiero que las criaturas te desaparezcan del
todo. Si te vienen dadas ordenes no mires a las personas, no, sino debes pensar que Yo
mismo quiero que tú hagas lo que te es ordenado, entonces con el ojo fijo en Mí no
juzgarás a ninguno, no mirarás si la cosa te es penosa o te gusta, si puedes o no puedes
hacerla, cerrando los ojos a todo esto los abrirás para mirarme sólo a Mí, me llevarás junto
a ti pensando que te estoy mirando fijamente y me dirás: “Señor, sólo por Ti lo hago, sólo
por Ti quiero obrar, no más esclava de las criaturas”. Así que si caminas, si obras, si
hablas, en cualquier cosa que hagas, tu único fin debe ser de agradarme sólo a Mí. ¡Oh!
Cuántos defectos evitarás si haces así”.
(41) Otras veces me decía: “También quiero que si las personas te mortifican, te
injurian, te contradicen, la mirada también fija en Mí, pensando que con mi misma boca te
digo: “Hija, soy propiamente Yo que quiero que sufras esto, no las criaturas, aleja la mirada
de ellas, sino sólo Yo y tú siempre, todas las demás destrúyelas. Mira, quiero hacerte bella
por medio de estos sufrimientos, te quiero enriquecer con méritos, quiero trabajar tu alma,
volverte similar a Mí. Tú me harás un regalo, me agradecerás afectuosamente, serás
agradecida con aquellas personas que te dan ocasión de sufrir, recompensándolas con
algún beneficio. Haciendo así caminarás recta ante Mí, ninguna cosa te dará más inquietud
y gozarás siempre paz”.
Espíritu de mortificación.
(42) Después de algún tiempo en que traté de ejercitarme en estas cosas, a veces
haciendo y a veces cayendo (si bien veo claro que aun me falta este espíritu de rectitud y
siempre quedo más confundida pensando en tanta ingratitud mía), Jesús me habló y me
hizo entender la necesidad del espíritu de mortificación, (si bien me recuerdo que en todas
estas cosas que me decía, me agregaba siempre que todo debía ser hecho por amor suyo,
y que las virtudes más bellas, los sacrificios más grandes, se volvían insípidos si no tenían
principio en el amor. La caridad, me decía, es una virtud que da vida y esplendor a todas
las demás, de modo que sin ella todas están muertas y mis ojos no sienten ningún
atractivo, y no tienen ninguna fuerza sobre mi corazón; estate pues atenta y haz que tus
obras, aun las mínimas estén investidas por la caridad, esto es, en Mí, conmigo y por Mí).
Ahora vayamos directamente a la mortificación.
(43) “Quiero”, me decía, “que en todas tus cosas, hasta las necesarias, sean hechas
con espíritu de sacrificio. Mira, tus obras no pueden ser reconocidas por Mí como mías si
no tienen la marca de la mortificación. Así como la moneda no es reconocida por los
pueblos si no contiene en sí misma la imagen de su rey, es más, es despreciada y no
Libro de Cielo Volumen 01 6
tomada en cuenta, así es de tus obras, si no tienen el injerto con mi cruz no pueden tener
ningún valor. Mira, ahora no se trata de destruir a las criaturas, sino a ti misma, de hacerte
morir para vivir solamente en Mí y de mi misma Vida. Es verdad que te costará más que lo
que has hecho, pero ten valor, no temas, no lo harás tú sino Yo que obraré en ti”.
(44) Entonces recibía otras luces sobre la aniquilación de mí misma y me decía:
(45) “Tú no eres otra cosa que una sombra, que mientras quieres tomarla te huye, tú
eres nada”.
(46) Yo me sentía tan aniquilada que habría querido esconderme en los más
profundos abismos, pero me veía imposibilitada para hacerlo, sentía tal vergüenza que
quedaba muda. Mientras estaba en este reconocimiento de mi nada, Él me decía:
(47) “Ponte junto a Mí, apóyate en mi brazo, Yo te sostendré con mis manos y tú
recibirás fuerza. Tú estás ciega, pero mi luz te servirá de guía. Mira, me pondré delante y tú
no harás otra cosa que mirarme para imitarme”.
(48) Después me decía: “La primera cosa que quiero que mortifiques es tu voluntad,
aquel “yo” se debe destruir en ti, quiero que la tengas sacrificada como víctima ante Mí,
para hacer que de tu voluntad y de la mía se forme una sola. ¿No estás contenta?”
(49) Sí Señor, pero dame la Gracia, porque veo que por mí nada puedo. Y Él
continuaba diciéndome:
(50) “Sí, Yo mismo te contradiré en todo, y a veces por medio de las criaturas”.
(51) Y sucedía así. Por ejemplo: Si en la mañana me despertaba y no me levantaba
enseguida, la voz interna me decía: “Tú descansas, y Yo no tuve otro lecho que la cruz,
pronto, pronto, no tanta satisfacción”.
(52) Si caminaba y mi vista se iba un poco lejos, pronto me reprendía: “No quiero, tu
vista no la alejes de ti más allá que la distancia de un paso a otro, para hacer que no
tropieces”.
(53) Si me encontraba en el campo y veía flores, árboles, me decía: “Yo todo lo he
creado por amor tuyo, tú priva a tu vista de este contento por amor mío”.
(54) Aun en las cosas más inocentes y santas, como por ejemplo los ornamentos de
los altares, las procesiones, me decía: “No debes tomar otro placer que en Mí solo”.
(55) Si mientras trabajaba estaba sentada, me decía: “Estás demasiado cómoda, ¿no
te acuerdas que mi Vida fue un continuo penar? ¿Y tú? ¿Y tú?”.
(56) Enseguida, para contentarlo me sentaba en la mitad de la silla y la otra mitad la
dejaba vacía, y algunas veces en broma le decía: “Mira, oh Señor, la mitad de la silla está
vacía, ven a sentarte junto a mí”. Alguna vez me parecía que me contentaba y sentía tanto
gusto que yo misma no sé decirlo. Algunas veces que estaba trabajando con lentitud y
desganada me decía: “Pronto, apúrate, que el tiempo que ganarás apurándote vendrás a
pasarlo junto Conmigo en la oración”.
(57) A veces Él mismo me indicaba cuánto trabajo debía hacer. Yo le pedía que viniera
a ayudarme. “Sí, sí,” me respondía, “lo haremos juntos a fin de que después que hayas
terminado quedemos más libres”. Y sucedía que en una hora o dos hacía lo que debía
hacer en todo el día, después me iba a hacer oración y me daba tantas luces y me decía
tantas cosas, que el querer decirlas sería demasiado largo. Recuerdo que mientras estaba
sola trabajando, veía que no alcanzaba el hilo para completar aquel trabajo y que tendría
necesidad de ir con la familia para buscarlo, entonces me dirigía a Él y le decía: “En qué
aprovecha amado mío el haberme ayudado, pues ahora veo que tengo necesidad de ir a la
familia, y puedo encontrar personas y me impedirán venir de nuevo, y entonces nuestra
conversación terminará”. “Qué, qué,” me decía, “¿y tú tienes fe?” “Sí”. “Pues no temas, te
haré terminar todo”. Y así sucedía, y luego me ponía a rezar.
(58) Si llegaba la hora de la comida y comía alguna cosa agradable, súbito me
reprendía internamente diciendo: “¿Tal vez te has olvidado que Yo no tuve otro gusto que
sufrir por amor tuyo, y que tú no debes tener otro gusto que el mortificarte por amor mío?
Déjalo y come lo que no te agrada”. Y yo enseguida lo tomaba y lo llevaba a la persona que
ayudaba en el servicio, o bien decía que ya no quería, y muchas veces me la pasaba casi
Libro de Cielo Volumen 01 7
en ayunas, pero cuando iba a la oración recibía tanta fuerza y sentía tal saciedad, que
sentía náusea de todo lo demás.
(59) Otras veces para contradecirme, si no tenía ganas de comer, me decía: “Quiero
que comas por amor mío, y mientras el alimento se une al cuerpo, pídeme que mi Amor se
una con tu alma y quedarán santificadas todas las cosas”.
(60) En una palabra, sin ir más lejos, aun en las cosas más mínimas trataba de hacer
morir mi voluntad, para hacer que viviera sólo para Él. Permitía que hasta el confesor me
contradijera, como por ejemplo: Sentía un gran deseo de recibir la comunión, todo el día y
la noche no hacía otra cosa que prepararme, mis ojos no se podían cerrar al sueño por los
continuos latidos del corazón y le decía: “Señor, apresúrate porque no puedo estar sin Ti,
acelera las horas, haz que surja pronto el sol porque yo no puedo más, mi corazón
desfallece”. Él mismo me hacía ciertas invitaciones amorosas con las que me sentía
despedazar el corazón; me decía: “Mira, Yo estoy solo, no sientas pena de que no puedes
dormir, se trata de hacer compañía a tu Dios, a tu Esposo, a tu Todo, que es
continuamente ofendido, ¡ah! no me niegues este consuelo, que después en tus aflicciones
Yo no te dejaré”. Mientras estaba con estas disposiciones, por la mañana iba con el
confesor y sin saber por qué, la primera cosa que me decía era: “No quiero que recibas la
Comunión”. Digo la verdad, me resultaba tan amargo que a veces no hacía otra cosa que
llorar, al confesor no me atrevía a decirle nada, porque así quería Jesús que hiciera, de
otra manera me reprendía; pero yo iba con Él y le decía mi pena: “Ah Bien mío, ¿para esto
la vigilia que hemos hecho esta noche, que después de tanto esperar y desear, debía
quedar privada de Ti? Sé bien que debo obedecer, pero dime, ¿puedo estar sin Ti? ¿Quién
me dará la fuerza? Y además, ¿cómo tendré el valor de irme de esta iglesia sin llevarte
conmigo? Yo no sé qué hacer, pero Tú puedes remediar a todo”. Mientras así me
desahogaba, sentía venir un fuego junto a mí, entrar una llama en el corazón y lo sentía
dentro de mí, y enseguida me decía: “Cálmate, cálmate, heme aquí, estoy ya en tu
corazón, ¿de qué temes ahora? No te aflijas más, Yo mismo te quiero enjugar las lágrimas,
tienes razón, tú no podías estar sin Mí, ¿no es verdad?”.
(61) Yo entonces quedaba tan aniquilada en mí misma por esto, y le decía que si yo
fuera buena, Él no lo habría dispuesto así, y le pedía que no me dejara más, que sin Él no
quería estar.
(62) Después de estas cosas, un día, después de la Comunión lo sentía en mí todo
amor, y que me amaba tanto, que yo misma quedaba maravillada, porque me veía tan
mala y sin corresponder, y decía dentro de mí: “Al menos fuera buena y le correspondiera,
tengo temor de que me deje (este temor de que me deje lo he tenido siempre y aún lo
tengo, y a veces es tanta la pena que siento, que creo que la pena de la muerte sería
menor, y si Él mismo no viene a calmarme no sé darme paz) y en cambio quiere
estrecharse más íntimamente a mí”. Y mientras así me lo sentía dentro de mí, con voz
interna me dijo:
Meditación de la Pasión de Nuestro Señor.
(63) “Amada mía, las cosas pasadas no han sido más que un preparativo, ahora
quiero venir a los hechos, y para disponer tu corazón para hacer lo que quiero de ti, esto
es, la imitación de mi Vida, quiero que te internes en el mar inmenso de mi Pasión, y
cuando tú hayas comprendido bien la acerbidad de mis penas, el amor con el que las sufrí,
quién soy Yo que tanto sufrí, y quién eres tú vilísima criatura, ah, tu corazón no osará
oponerse a los golpes, a la cruz, que Yo sólo por tu bien le tengo preparada. Más bien al
sólo pensar que Yo, tu maestro, he sufrido tanto, tus penas te parecerán sombras
comparadas con las mías, el sufrir te será dulce y llegarás a no poder estar sin
sufrimientos”.
(64) Mi naturaleza temblaba al solo pensar en los sufrimientos, le pedía que Él mismo
me diera la fuerza, porque sin Él, me habría servido de sus mismos dones para ofender al
donador. Entonces me puse toda a meditar la Pasión, y esto hizo tanto bien a mi alma, que
Libro de Cielo Volumen 01 8
creo que todo el bien me ha venido de esta fuente. Veía la Pasión de Jesucristo como un
mar inmenso de luz, que con sus innumerables rayos me herían toda, esto es, rayos de
paciencia, de humildad, de obediencia y de tantas otras virtudes; me veía toda rodeada por
esta luz, y quedaba aniquilada al verme tan desemejante de Él. Aquellos rayos que me
inundaban eran para mí otros tantos reproches que me decían:
(65) “Un Dios paciente, ¿y tú? Un Dios humilde y sometido aun a sus mismos
enemigos, ¿y tú? Un Dios que sufre tanto por amor tuyo, y tus sufrimientos por amor suyo,
¿dónde están?”
(66) A veces Él mismo me narraba las penas sufridas por Él, y quedaba tan conmovida
que lloraba amargamente. Un día, mientras trabajaba, estaba considerando las penas
acerbísimas que sufrió mi buen Jesús, mi corazón me lo sentía tan oprimido por la pena,
que me faltaba la respiración; temiendo que me sucediera algo quise distraerme
asomándome al balcón, vi hacia la calle, pero, ¿qué veo? Veo la calle llena de gente, y en
medio a mi amante Jesús con la cruz sobre la espalda; quien lo empujaba por un lado y
quien por el otro, todo agitado, con el rostro chorreando sangre, que levantaba los ojos
hacia mí en actitud de pedirme ayuda. ¿Quién podrá decir el dolor que sentí, la impresión
que hizo sobre mi alma una escena tan lastimera? Rápidamente entré en mi habitación, yo
misma no sabía dónde me encontraba, el corazón me lo sentía despedazar por el dolor,
gritaba y llorando le decía: “¡Jesús mío, si al menos te pudiera ayudar, te pudiese liberar de
esos lobos tan enfurecidos! ¡Ay! al menos quisiera sufrir esas penas en lugar tuyo para dar
alivio a mi dolor. Ah, mi Bien, dame el sufrir, porque no es justo que Tú sufras tanto y yo,
pecadora, esté sin sufrir”.
Deseo de sufrir.
(67) Desde entonces, recuerdo que se encendió en mí tanto deseo de sufrir que no se
ha apagado hasta ahora. Recuerdo también que después de la Comunión le pedía
ardientemente que me concediera el sufrir, y Él, a veces para contentarme me parecía que
tomaba las espinas de su corona y las clavaba en mi corazón; otras veces sentía que
tomaba mi corazón entre sus manos y lo estrechaba tan fuerte, que por el dolor sentía que
perdía los sentidos. Cuando advertía que las personas se podrían dar cuenta de algo, y a
Él dispuesto a darme estas penas, pronto le decía: “Señor, ¿qué haces? Te pido que me
des el sufrir, pero que nadie se dé cuenta”. Durante algún tiempo me contentó, pero mis
pecados me hicieron indigna de sufrir ocultamente, sin que nadie se diera cuenta.
(68) Recuerdo que muchas veces después de la Comunión me decía: “No podrás
verdaderamente asemejarte a Mí sino por medio de los sufrimientos. Hasta ahora he
estado junto a ti, ahora quiero dejarte sola un poco, sin hacerme sentir. Mira, hasta ahora te
he llevado de la mano, enseñándote y corrigiéndote en todo, y tú no has hecho otra cosa
que seguirme. Ahora quiero que hagas por ti misma, pero más atenta que antes, pensando
que te estoy mirando fijamente, pero sin hacerme sentir, y que cuando vuelva a hacerme
sentir vendré,o para premiarte si me has sido fiel, o para castigarte si has sido ingrata”.
(69) Quedaba tan espantada y abatida por esta noticia, que le decía: “Señor, mi todo y
mi vida, ¿cómo podré subsistir sin Ti, quién me dará la fuerza? Cómo, después que me has
hecho dejar todo, de modo que siento como si nadie existiera para mí, me quieres dejar
sola y abandonada ¿Qué, te has tal vez olvidado de cuán mala soy, y que sin Ti nada
puedo?” Y por esta recriminación, tomando un aspecto más serio, agregaba:
(70) “Es que te quiero hacer comprender bien quién eres tú. Mira, lo hago por tu bien,
no te entristezcas, quiero preparar tu corazón a recibir las gracias que he diseñado sobre ti.
Hasta ahora te he asistido sensiblemente, ahora será menos sensible, te haré tocar con la
mano tu nada, te cimentaré bien en la profunda humildad para poder edificar sobre ti muros
altísimos, así que en vez de afligirte, deberías alegrarte y agradecerme, pues cuanto más
pronto te haga pasar el mar tempestuoso, tanto más pronto llegarás a puerto seguro, a
Libro de Cielo Volumen 01 9
cuantas más duras pruebas te sujetaré, tantas gracias más grandes te daré. Así que,
ánimo, ánimo, y después pronto vendré”.
(71) Y al decirme esto me parecía que me bendecía y se fue. ¿Quién podrá decir la
pena que sentía, el vacío que dejaba en mi interior, las amargas lágrimas que derramé?
Sin embargo me resigné a su Santa Voluntad, parecía que de lejos le besaba la mano que
me había bendecido diciéndole: “Adiós, oh Esposo Santo, adiós”. Veía que todo para mí
había terminado, ya que sólo lo tenía a Él, y faltándome Él, no me quedaba ningún otro
consuelo, sino que todo se convertía en amarguísimas penas. Más bien las mismas
criaturas me recrudecían la pena, de modo que todas las cosas que veía, parecía que me
decían: “Mira, somos obras de tu Amado, y Él, ¿dónde está?” Si miraba agua, fuego, flores,
hasta las mismas piedras, enseguida el pensamiento me decía: “Ah, estas son obras de tu
Esposo. Ellas tienen el bien de verlo y tú no lo ves”. ¡Ah! obras de mi Señor, denme
noticias, díganme, ¿dónde se encuentra? Me dijo que pronto volvería, pero quién sabe
cuando”.
(72) A veces llegaba a tan amarga desolación que me sentía faltar la respiración, me
sentía helar toda, y sentía un escalofrío por toda mi persona. A veces se daba cuenta la
familia y lo atribuían a algún mal físico y querían ponerme en tratamiento, llamar a médicos;
a veces insistían tanto que lo lograban, pero yo, sin embargo, hacía cuanto más podía para
quedarme sola, así que pocas veces lo advertían. Recordaba también todas las gracias, las
palabras, las correcciones, las reprensiones, veía claramente que todo lo obrado hasta ahí,
todo, todo había sido obra de su gracia, y que de mí no quedaba más que la pura nada y la
inclinación al mal; tocaba con la mano que sin Él no sentía más el amor tan sensible,
aquellas luces tan claras en la meditación, de modo que permanecía hasta dos o tres
horas, hacía cuanto más podía por hacer lo que hacía cuando lo sentía, porque oía repetir
aquellas palabras: “Si me eres fiel vendré para premiarte, si ingrata para castigarte”.
(73) Así pasaba a veces dos días, a veces cuatro, más o menos como a Él le
agradaba, mi único consuelo era recibirlo en el Sacramento... Ah, sí, ciertamente, ahí lo
encontraba, no podía dudar, y recuerdo que pocas veces no se hacía oír, porque tanto le
pedía y volvía a pedir y lo importunaba, que me contentaba, pero no amoroso y amable,
sino severo.
(74) Después que pasaban aquellos días en aquel estado descrito arriba,
especialmente si le había sido fiel, me lo sentía regresar dentro de mí, me hablaba más
claramente, y como en los días pasados no había podido concebir dentro de mí ni una
palabra, ni oír nada, entonces entendí que no era mi fantasía, como muchas veces lo
pensaba antes, tanto que de lo dicho hasta aquí no decía nada ni al confesor ni a ninguna
otra alma viviente, sin embargo hacía cuanto más podía para corresponderle, porque de
otra manera me hacía tanta guerra que no tenía paz. ¡Ah Señor, has sido tan bueno
conmigo, y yo tan mala aún!
Modo de triunfar en las pruebas.
(75) Siguiendo con lo que había comenzado, me lo sentía dentro de mí, lo
abrazaba, me lo estrechaba, le decía: “Amado Bien, mira cuán amarga me ha resultado
nuestra separación”. Y Él me decía:
(76) “Es nada lo que has pasado, prepárate a pruebas más duras; por esto he venido,
para disponer tu corazón y fortalecerlo. Ahora me dirás todo lo que has pasado, tus dudas
y temores, todas tus dificultades para poderte enseñar el modo de como comportarte en mi
ausencia”.
(77) Entonces le hacía la narración de mis penas diciéndole: “Señor, mira, sin Ti no he
podido hacer nada bien, la meditación la he hecho toda distraída, fea, tanto que no tenía
ánimo de ofrecértela. En la comunión no he podido estar las horas enteras como cuando te
sentía, me veía sola, no tenía con quien entenderme, me sentía toda vacía, la pena de tu
ausencia me hacía probar agonías mortales, mi naturaleza quería despacharse pronto para
huir de esa pena, mucho más que me parecía que no hacía otra cosa que perder el tiempo,
No hay comentarios.:
Publicar un comentario